Él cogió la chaqueta de encima del sofá y salió al vestíbulo donde ella le esperaba. No sabía qué decirle después de aquella confesión de sinceridad por parte de los dos. Él la había contado cómo se sentía respecto a la bipolar de su novia celosa compulsiva y ella acababa de confesarle a él el secreto más importante que tenía en la vida, como era la existencia de Kay.
- Bueno, entonces, gracias por todo - dijo él -. Al principio pensé que tenías un novio estupendo pero veo que tienes algo mucho más importante. Me alegro por ti.
- Gracias por quedarte a cenar - dijo ella, en voz baja -. A Kay le has caído muy bien. Gracias por aguantarle y juguetear con él - sonrió suavemente.
- Elena, siento haberte puesto en esta situación, de verdad. Pero gracias por protegerme - dijo él.
La chica suspiró. Realmente se había asustado a la hora de decidir si podía dejarle quedarse en su casa. La hería el simple hecho de imaginarle dando vueltas como un perrito perdido. Pero no podía meterlo en su casa. Kay no estaba acostumbrado a eso y tal vez le pareciera mal, o hiciera preguntas, o se sintiera incómodo o pensara que ella estaba dejando de quererle. Y eso no podía explicárselo al pequeño. El chico de ojos claros se puso la chaqueta y sacó la capucha por fuera de la americana antes de abrir la puerta, mirar a la chica por última vez y salir del apartamento. Elena se dejó caer en el escalón del vestíbulo y suspiró. ¿Cómo le había dejador irse así? Le dolía el pecho. Quería que el chico se quedara, pero, ¿y Kay? Puso las manos en la cara y sintió ganas de salir corriendo. Entonces la mano del niño se posó en su cabeza. Ella le miró, con los ojos algo enrojecidos. La batalla interior que tenía era demasiado intensa, aunque los sentimientos por Sho no podían competir con el amor hacia Kay, pero se estaban abriendo paso en su corazón a velocidades insospechadas.
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Otro trueno resonó contra los cristales del apartamento, haciendo que ambos se sobresaltaran un poco. Caía una tormenta bastante fuerte. Eso la angustió un poco más.
- Kay, deberías estar durmiendo. Perdona si te despertamos, pero vuelve a la cama, anda - le dijo ella al niño, intentando sonreírle.
- Mamá, ¿y Sho? - preguntó él, aún medio dormido.
- ¿Eh?
- Está lloviendo mucho. Se mojará - dijo el niño.
- Pero, aquí en casa... ¿tú dejarías que se quedara aquí? - le preguntó, sorprendida.
- Es buena persona - sonrió el niño -. Yo dormiré con mamá. Le presto mi cama a Sho.
- Échate a dormir ya - le dijo, besándole el pelo. El niño se revolvió para besarla la mejilla -. Vuelvo enseguida.
- Vale - contestó él.
Pero cuando lo dijo la chica ya había salido corriendo con las deportivas sin abrochar. Bajó las escaleras de tres en tres, rogando porque el chico tuviera sensatez y estuviera esperando en el portal a que parase de llover. Pero no tuvo suerte. Salió del edificio y empezó a empaparse rápidamente. Miró a los dos lados de la calle y en dirección derecha le vio. Caminaba con demasiada pausa para ser alguien que podía coger una pulmonía y no debía hacerlo, bajo esa lluvia que encima de ser copiosa, estaba helada.
- ¡Sho! - gritó -. ¡Sho!
Él se detuvo y se giró al escuchar esos gritos. Elena estaba en medio de la calle y le gritaba. Se estaba poniendo empapada de agua y la muy tonta ni se movía para buscar un resguardo. Corrió hacia ella, preocupado, y la miró.
- Elena, ¿ha pasado algo? ¿Kay?
De repente ella estornudó.
- ¡Esto es culpa tuya, idiota! - le soltó -. Estoy aquí por ti - le señaló.
- ¿Qué?
- Vengo a invitarte a quedarte. Quiero darte el calor de una casa, Sho - susurró, tratando de que su voz se escuchara por encima del chisporroteo del agua de la lluvia -. Quiero que te quedes a sentir esa nostalgia - añadió -, en mi casa.
Entonces le tendió la mano. Él la miró, dudoso un momento.
- ¿Y Kay? - preguntó. Sabía lo importante que era ese niño para ella y que también era la razón por la que no había dicho eso antes.
- Por él estoy aquí. Es él quien te ofrece su cama para dormir esta noche - sonrió -. Evidentemente no iba a dejarte dormir con mamá - rió la chica -. ¿Qué me dices?
- Pero eso sería abusar demasiado de nuestra relación de compañeros - dijo él.
- ¿Qué relación ni que ocho cuartos? Tú eres mi amigo, eres una persona que aprecio y que estaba desamparado por culpa de una estúpida bipolar y celosa y egoísta que no sabe querer a una persona como tú. Y yo soy alguien que no puede darte la espalda, Sho.
El chico estiró la mano y cogió la de ella suavemente, manteniendo ambos los brazos estirados. Ella sonrió y él sintió que quería llorar.
- Creo que mi casa no es un gran palacio ni un gran hotel pero hace calor, tendrás una cama y...
El chico tiró suavemente de su mano y dio un par de pasos hacia ella para abrazarla contra su pecho con el otro brazo. Él escondió la cabeza en su hombro y ella, sin soltar su mano, le abrazó por la cintura con el otro brazo que tenía libre. Como si le estuviera consolando y diciéndole "ya pasó". Él se separó un poco de ella y se quedó mirando el rostro de la chica a una distancia muy corta. El agua caía por su piel suavemente, de su pelo, de la punta de su nariz, de sus labios. La había besado antes pero nunca se había dado cuenta de que de verdad deseaba hacerlo. Que no era un esfuerzo. Que no actuaba cuando la besaba a ella. Su nariz rozó la de ella y la chica separó ligeramente los labios y su aliento se volvió frío contra la mejilla del chico.
No puedes quedarte tan cerca de una persona que siente algo por ti y esperar que no pase nada, pensó él.
La mano que tenía en su espalda subió hasta su cuello y se enredó en su pelo mojado para acercarla a sus labios y poder besarla de verdad. Fuera de plató. Sin cámaras, sin nadie mirando, sin nadie juzgándoles. Al menos no hasta la mañana siguiente. Mientras Sho se duchaba a aquellas horas de la mañana ella le lavó la ropa, que estaba pingando, y la puso en la terraza cerrada que tenía. Le dejó en la puerta del baño algo de ropa y se sentó en el sofá a repasar el guión de la grabación del día siguiente mientras se secaba el pelo con una toalla antes de entrar en el baño cuando él saliera.
- Elena - la llamó en un susurro, para no despertar a Kay -. Esta camiseta...
La chica se giró sobre el sofá para mirarle. Estaba muy mono después de salir de la ducha y solo con la ropa interior. Ella soltó una risotada. Se levantó y con la toalla que tenía en la mano le secó un poco más el pelo. Él solo podía mirarla. No sabía si Elena realmente había correspondido a su beso o había sido solo acto reflejo, pero pensaba descubrirlo. Aunque ahora no fuera el momento.
- Es una camiseta muy grande, de chico. Siempre duermo con camisetas de chico - le susurró.
Le dio una palmada en el hombro antes de entrar en el baño. El chico se apoyó en el sofá y siguió dándose con la toalla en el pelo aunque igual ya estaba seco. Se puso la camiseta azul clara y se dio cuenta de que de verdad era de chico, porque le quedaba a la perfección. Echó un vistazo al guión. El rodaje del día siguiente no iba a ser fácil. La escena de pelea y de despedida iba a ser complicada, pero más lo sería esa que tenían que grabar en los exteriores. Un rato más tarde, Elena volvió a abrir la puerta del baño pero no salió. Él se giró.
- ¿Puedes quitarme las gafas? - le pidió, sacando la cabeza por la ranura -. Es que no me he dado cuenta y ahora ni veo nada con ellas empañadas ni puedo lavarme el pelo con ellas puestas - susurró.
Él sonrió y se acercó. Cogió las gafas por las patillas y una vez las hubo quitado se agachó para darla un beso en la frente. Ella se quedó un poco sorprendida y luego volvió a entrar en el baño, cerrando la puerta y metiéndose directamente bajo el agua. Sho cogió una servilleta de la cocina y las limpió los cristales, llenos de gotitas de agua y empañadas del calor que hacía dentro del baño. La chica salió vestida con una camiseta negra y unos pantalones cortos por la rodilla, mientras arrastraba las zapatillas por el suelo y se secaba el pelo con una toalla pequeña.
- Qué gusto, al menos el agua estaba caliente - comentó, acercándose a él -. Gracias - dijo al ver las gafas entre sus manos y la servilleta.
- Es lo menos que puedo hacer después de que me dejaras quedarme aquí esta noche - dijo el chico, poniéndole otra vez las gafas con cuidado de no engancharse en sus orejas -. ¿Bien?
- Perfectas - sonrió. Pasó a su lado y abrió el frigorífico para sacar una botella de zumo. Se la enseñó a él y éste sacó un par de vasos del armario de arriba. Había tenido que sacarlos él para la cena, para el pequeño Kay era complicado llegar allí arriba. Puso ambos sobre la encimera y después de un buen trago, la chica acompañó al chico de ojos claros hasta la habitación de Kay, contigua a la suya.
- Estará algo desordenada, pero es que hoy no nos dio tiempo a colocarlo - se disculpó -. Y tendrá muñecos por todos lados también. Cuidado no pises ninguno.
- Está bien, no te preocupes. Muchas gracias, de verdad - repitió -. No se como agradecertelo.
- No tienes que agradecermelo, tonto - dijo, dándole un golpecito en el hombro -. Descansa y duerme bien.
Él solo sonrió y la chica se fue, cerrando la puerta. Con cuidado se metió en la cama al lado de Kay, que se había abrado a la almohada y parecía un osito de peluche abrazando a otro osito de peluche. Acarició el pelo del niño durante un rato, que no se movió y luego se agazapó a un lado y se quedó dormida. El hecho de saber que Sho estaba durmiendo en la habitación contigua ni la tranquilizaba ni la alteraba. Estaba contenta de saber que, estando allí, el chico estaría bien. Que no tenía ninguna razón para estar triste y que no estaba solo.
Cuando Kay despertó a la mañana siguiente antes de que el despertador ruidoso de su madre sonara, se desperezó y apartó las sábanas para levantarse. Aún medio dormido se acercó a la cocina a beber un poco de agua, aunque casi ni veía el sillín. A quien si vio fue al chico sentado en el escalón del vestíbulo, poniéndose los zapatos.
- ¿Sho? - susurró, frotándose los ojos.
- ¿Kay? ¿Te desperté?
El niño negó con la cabeza.
- No te vayas - le dijo.
- Creo que es lo mejor. No es algo que vayas a entender todavía, pequeño, asi que no te preocupes - le sonrió.
- Mamá quiere verte cuando despierte - dijo él -. Quédate. Así no se enfadará ni se sentirá triste.
- ¿Estará triste si me voy? - preguntó él, curioso, sintiendo una pequeña alegría por ello.
- Sí. Mamá siempre sonríe, pero anoche sonreía mucho cuando te miraba. A mamá le gustas, Sho. Seguro que quiere verte cuando se levante - dijo el niño, todavía algo ensimismado pero manejando a la perfección el vocabulario.
- ¿Crees que no se enfadará si le hacemos el desayuno? - le susurró al niño.
- Vale - aceptó enseguida él.
Parecía que le gustaba mucho hacer sentirse bien a su madre y Sho volvió a sentir aquella extraña calidez que le daba aquella casa. Había dormido a la perfección durante toda la noche. Entre muñecos y peluches y esas sábanas de dibujitos del niño había descansado muy bien. Como si aquellas cosas le protegieran de todo lo que había fuera de la habitación y la casa fuera una fortaleza donde solo existían los sueños y la felicidad eterna. Cuando se despertó, fue como amanecer después de dos días durmiendo sin una sola pesadilla, sin haberse movido. Además, cuando salió al salón, la luz que entraba por la ventana por primera vez no le molestó ni le cabreó. Le dio igual porque entraba acompañado de lo que parecían promesas de un gran día. El olor a ropa mojada en el balcón, algo tan simple, cotidiano y algo en lo que nadie reparaba nunca, en ese momento, le pareció el olor más divertido y reconfortante. En su piso, Saki tendía la ropa y la recogía cuando tenía tiempo. De todas formas, esa casa era demasiado grande para ambos y nunca llegaba a sentir ese olor. También tenía la sensación de que su ropa no olía a nada por si misma, sino que olía a su perfume, nada más. En cambio ahora su camisa olía a colonia como esa que se les echaba a los bebés. Seguro que era porque a Kay le gustaba. Y a él no le molestó para nada que su ropa oliera de esa forma. Algo tan tonto como eso le había hecho sonreír y estirarse como un gato en la terraza. Abrió la ventana y respiró el aire frío que había quedado tras la tormenta de la noche anterior. Se había acercado a la puerta del dormitorio y se había asomado. Al verles dormidos sobre las sábanas, ambos muy cerca, no pudo evitar entrar. Se sentó en el borde cerca de ella y la acarició la cara. Ella no se movió pero él sintió algo demasiado fuerte latirle dentro, impulsándole a acercarse más y respirar el olor de su champú, a besar aquella piel, a rozar aquellos labios, a enredar los dedos en su pelo moreno. Incapaz de hacerle eso a ella sabiendo que la chica siempre tendría muchas dudas respecto a sus relaciones debido al gran amor que sentía por Kay y él entendía, se había levantado casi espantado y tras vestirse había estado a punto de irse hasta que el propio niño le había detenido. Ese crío era realmente bueno. Se parecía mucho a ella y estaba bien cuidado y educado. Además se preocupaba por su madre tanto como ella por él y la quería como ella le adoraba a él. Le daba envidia ese tipo de relación y de amor que se tenían ambos.
Con cuidado de que el pequeño no se lastimara con nada, el chico preparó algunas cosas con ayuda del niño, que era quien sabía donde guardaba su madre todos los cacharros. Preguntando los gustos al niño, Sho fue colocandolo todo para hacer un buen desayuno sobre una bandeja después de fregar lo que había ensuciado y Kay se adelantó, metiéndose otra vez en la cama para despertar a su madre. La chica gruñó un poco y cogió al niño entre los brazos para apretarle contra ella, jugueteando. Él se reía y se defendía, pataleando. Cuando le soltó, fue abriendo los ojos poco a poco mientras el niño saltaba de la cama. De repente olió algo muy dulce que nunca antes había olido y que la provocó una sensación extraña que no había sentido jamás. Se irguió al reconocer el café recién hecho y se sentó en la cama. El niño abrió la puerta y el chico pudo pasar y dejar la bandeja encima de la cama, con cuidado de no tirar nada. La chica se quedó con cara alucinada al verlo. Tostadas, mantequilla, café, azúcar, zumo de naranja, una manzana y algunas pastas que Kay sabía donde guardaba su madre pero no podía alcanzar para que no se las comiera todas.
- ¿Pero qué es esto?
- Tu desayuno - dijo el niño, saltando encima de la cama con cuidado -. Y el mío - dijo entonces, cogiendo una de las galletas de chocolate.
- Sho, ¿por qué...? Te dije que no hacía falta.
- ¿Te molesta? Perdona, pero como me desperté antes tampoco es como si tuviera nada mejor que hacer.
- Muchas gracias, de verdad - sonrió ella.
- Estás muy mona cuando te despiertas, ¿lo sabías? - dijo entonces él.
- Y a ti dormir no te quita la estupidez de encima - soltó ella, cogiendo la taza de café -. Cuidado con las migas, Kay - le dijo al niño.
Éste asintió mientras deboraba las galletas. La chica se decidió por la manzana y una de las tostadas. Invitó al chico a sentarse también y a comer algo, para ella todo eso era demasiado. El despertador sonó un rato después y Kay lo apagó con rabia. Odiaba ese despertador. Siguieron comiendo y hablando, incluso repasando el guión mientras Kay se lavaba los dientes y se intentaba peinar él solo. Cuando quisieron darse cuenta era la hora de salir. La chica se subió por encima de la cama para correr al baño. Sho se ofreció a ayudar a Kay a vestirse y la chica no supo como agradecérselo. Así la daría algo más de tiempo para prepararse ella. No se había dado cuenta de lo tranquila que se sentía sabiendo que Sho la podía ayudar con el niño hasta aquel momento. Mirándose al espejo solo podía ver su sonrisa enorme manchada con la pastada de dientes y su expresión de tonta quinceañera en la mirada. Una vez que estuvieron listos, bajaron con mucho cuidado. Comprobaron que no había ni un solo periodista por los alrededores y tanto ella como él se pusieron las gafas de sol, él con la capucha también. Sho acompañó a Elena a llevar al niño al colegio. Corrieron. Aprovecharon que estaban juntos y que se sentían agusto para correr, cada uno agarrado a una mano del niño. Sho esperó algo alejado de la entrada por si acaso alguna madre le reconocía y empezaba a preguntar. No era algo bueno. Después de despedirse del niño ambos tuvieron que volver al apartamento para bajar a la cochera. La cadena de televisión no estaba precisamente cerca. Después de subir, se sintieron más relajados, menos observados. Se quitaron todos los accesorios que les servían de disfraz y la chica condujo su Kuga negro hasta la manzana contigua a la de la cadena de televisión. Paró un momento allí y miró al chico.
- Mejor llegar por separado - susurró.
- Sí - asintió él -. Da un par de vueltas por la otra manzana antes de llegar, es lo que tardaré yo más o menos.
- De acuerdo, lo haré - dijo ella.
Se quedaron mirando un momento pero al final él decidió bajarse. Y la chica detenerle. Él la miró y la chica le besó la mejilla. Sho sonrió suavemente y bajó del coche poniéndose otra vez las gafas de sol, pero sin la capucha. No le gustaban demasiado las capuchas, menos cuando hacía algo de calor como esa mañana. El chico caminó por el lado izquierdo de la acera hasta la cadena de televisión. Pero durante todo el camino sintió algo a sus espaldas, como un murmullo, un algo que le daba escalofríos. Cuando llegó a la entrada de la agencia, las puertas estaban selladas para que la marea de periodistas que había fuera no entrasen. El chico se escondió tras el quiosco que había cerca de la entrada y en el escaparate de detrás pudo ver un montón de revistas con una misma foto. Con esa imagen sintió que todo aquello que había vivido en esas preciosas horas, terminaría allí. Porque aquello no era una escena. Era la realidad. Él bajo la lluvia. Besando a Elena.
El chico había vuelto un minuto antes de que ella subiera a buscarle. Había estado muy pendiente de eso. Él se dio cuenta y se lo agradeció en voz baja al volver tras acompañar a aquella chica a la salida. Parecían peleados. No se miraban ni se dirigían palabra y andaban distantes el uno del otro a pesar de que todo el mundo debía de saber que había algo entre ellos. Elena se sintió de pronto culpable y quiso disculparse o hablar con él, pero el chico terminó de grabar sus escenas antes que ella y se fue a casa sin ni siquiera despedirse de ella. Comprendía que la situación no era sencilla y realmente ella no sabía lo que hubiera hecho si se hubiese encontrado una escena como aquella, pero sabía que la cara desencajada y los gritos desmedidos de aquella chica que parecía estar loca eran demasiado exagerados. Tal vez fuera una celosa compulsiva de esas que no soportan ver a su novio ni siquiera hablando con otra persona porque ya se enfadaban. Si era asi, ¿cómo lo había soportado alguien como Sho, siendo una estrella popular de música y un gran actor como era? Desde luego, él no se merecía aquella vida. La chica miró el móvil. Mejor terminaría de grabar cuanto antes, no era necesario llamarle ahora, todavía era pronto. Volvió al plató y se concentró en sus frases para poder sacar sus escenas a la primera y así poder irse.
No quería pisar esa casa sabiendo que ella estaría esperando. O al menos, sino esperándole, que estaría allí. Pensó en ir a cenar a algún restaurante pero no tenía hambre. Se le había cerrado el estómago después de la escenita que Saki le había montado esa mañana. ¿Por qué siempre tenía que ponerlo todo peor? ¿No se daba cuenta de que así no arreglaba nada? No, eso a ella le daba igual. Como se sintiera él, daba igual. Se armó de valor y volvió al apartamento. Eran tan suyo como de ella, tenia el mismo derecho a estar allí. Con solo eso en mente, volvió al apartamento y abrió la puerta con decisión. Entonces escuchó unas risas estridentes y algo partiéndose contra el suelo. Entró corriendo y vio un montón de gente sentada en la alfombra, alrededor de la mesa del salón, riéndose, con una botella de cristal que acababa de romperse en el suelo y con muchas otras sobre la mesa y desperdigadas por ahí.
- ¿Qué demonios estás haciendo, Saki? - preguntó el chico, sorprendido -. ¡Saki! - gritó, ya que no le escuchaba con la música puesta.
- ¿Qué quieres? - gruñó la chica, levantándose. Con la copa en la mano, se tambaleó y uno de los chicos que estaba a su lado la sujetó por la cadera para sostenerla en pie y acercarse más a ella.
- ¿Qué es todo esto?
- Tú haces lo que te da la gana en tu plató, ¿no? - dijo, con cierto tono de burla -. Entonces yo en mi casa también.
- ¡Pero también es mi casa! ¡Eres una niñata irresponsable, Saki! - la gritó. No podía soportarlo más. No tenía ninguna razón para aguantar todo aquello. Ya no.
- ¡No me sermonees! Si te apetece, quédate con nosotros. Es una fiesta, venga.
- No alucines, ¿qué te has tomado, eh?
- Entonces vete a la cama a dormir como un abuelo y deja que vivamos nuestra vida - le escupió.
- No tienes ni idea de lo que estás haciendo. Eres solo una inconsciente, Saki - la dijo -. Solo eso.
Se dio media vuelta y escuchó a la chica gritarle pero en ese momento no podía pensar en otra cosa que no fuera largarse bien lejos de aquel lugar y no volver ni a por su ropa. Porque allí no le quedaba nada.
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Ni siquiera volvió a coger el coche. Se fue caminando. Era consciente de que en su estado podría hacer cualquier locura y podría pasar cualquier cosa. Mientras caminaba por la ciudad con la capucha puesta para que nadie le pudieera reconocer y con las manos metidas en los bolsillos de la americana, sintió que los edificios, los árboles, las personas y el mismísimo cielo se le caían encima. ¿De verdad había querido alguna vez a una persona como ella? No era posible. Le daba escalofríos solo de pensarlo. Y también se sentía enfadado consigo mismo. Porque era estúpido. Porque en ese momento, solo podía pensar en esos ojos oscuros donde se sentía tan a gusto mirando. Sintió un escalofrío. Comenzaba a hacer frío y el cielo amenazaba con llover. Su estómago rugió y él se acordó de todos los dioses que existieran en el cielo. No le quedaba nada. En ese momento, se sentía más solo que nunca. Y entonces recordó que tal vez alguien en el mundo sí le esperaba, sí le entendía, sí le arrebataría su soledad. ¿Estaría montándose películas él solo o no serían imaginaciones? La forma en que la chica había hablado con él, como le había acariciado la cabeza, como le había mirado... tenía que haber algo en todo eso. Sin querer o tal vez sabiéndolo, llegó hasta el edificio de apartamentos donde ella vivía. Era porque sentía que ella era lo único que le quedaba y a lo que podía recurrir, definitivamente. Y se sentía imbécil por eso. Se acercó a la puerta y miró los nombres de los telefonos. Allí estaba el suyo. Acercó el dedo al timbre pero al final no llamó. ¿Qué estaba haciendo? ¿Qué le iba a decir a ella cuando respondiera? ¿Que se había tomado por su cuenta el hecho de que ella no podía negarse a ayudarle? Eso era una tontería. Ahora se sentía más imbécil todavía por estar si quiera allí. Dio media vuelta para marcharse y se encontró con una chica parada en medio de la acerca, mirándole. Vestía un pantalón pirata de chandal y una sudadera gris como el pantalón. Llevaba unas deportivas y el pelo recogido en una coleta. Y unas gafas negras. Se preguntó por qué le estaría mirando. Ella hizo un gesto entonces con la cabeza hacia un lado que él reconoció.
- ¿Sho? - susurró ella.
- ¿Elena? ¿Qué...?
- Salí a comprar - comentó la chica, acercándose a él -. ¿Qué haces aquí?
- Ah, bueno, yo... nada, realmente, nada - dijo al fin.
- ¿Está todo bien? - la preguntó, agachándose para mirarle bajo la capucha -. Pareces un delincuente huyendo de la policía - comentó.
- No pasa nada, es solo por si acaso. Lo de ser famoso, ya sabes... - intentó explicarse sin contarle la verdad.
- No te creo - le susurró, casi metiéndose bajo la capucha -. No me mientas. Tus ojos se vuelven más oscuros cuando mientes, ¿sabes?
- ¿Cómo...? - susurró, sorprendido del detalle.
- ¿Es por esa chica?
- Eres una cotilla muy directa - dijo él, sin ánimo de ofenderla.
- Solo quería escucharte - refunfuñó ella -. Pero creo que tienes problemas, sino, no estarías aquí.
- No te buscaría solo si tuviera problemas, la verdad - reconoció él.
- ¿Entonces...?
Los ojos de la chica le obligaban a hablar. Era como si ellos quisieran saber la verdad y él no pudiera negársela. ¿Tanto poder podía ejercer ella sobre él?
- No tengo a donde ir - tuvo que admitir -. Quiero decir un lugar cálido y acogedor como una casa. La ciudad está llena de hoteles - trató de arreglarlo.
Ella pareció quedarse algo pálida. Se apartó de él y dio un par de pasos hacia atrás. Él se sorprendió. ¿Qué había dicho?
- Pues, mejor date prisa en encontrar uno o te caerá un chaparrón encima - susurró -. Mañana nos vemos en el plató, ¿vale?
Como espantada, pasó a su lado y a unos pocos pasos de él se dio cuenta de que un batallón de periodistas armados con sus cámaras iban hacia allí. Posiblemente no a buscarla a ella. Por eso comprendió que Sho estuviera allí. Algo había pasado con esa chica estúpida e irresponsable y ahora él tendría que pagar por todo estando en boca de meido país. Ofuscada por ese hecho, se giró y miró al chico, que había dado unos cuantos pasos y le detuvo. Se acercó corriendo a él con la bolsa de la compra en la mano y le sujetó de la muñeca. El chico se quedó todavía más perplejo por ese comportamiento y ella tiró de él hacia el edificio. Entró rápidamente en el ascensor con él y pulsó varias veces el 3.
- ¿Qué estás haciendo? - la preguntó mientras subían. Ella parecía muy nerviosa -. Elena...
- Venían detrás de ti, Sho, te han seguido hasta aquí y no te has dado ni cuenta - le espetó.
- Nunca te había visto así de angustiada. Solo son periodistas...
- Pero si están aquí es porque saben algo... sobre ti - añadió -. Y no quiero que te hagan daño - susurró, mirándole. Parecía firme pero temblaba ligeramente. Él pasó un brazo por sus hombros intentando tranquilizarla.
- No pasará nada. No pueden hacerme daño - dijo, convencido -. Ya no. Ahora me preocupa más que te lo hagan a ti.
Sin contestar, la chica salió del ascensor con él detrás y caminó por el pasillo de apartamentos hasta la cuarta puerta. Ella se paró delante, mirándola, sin sacar ni siquiera las llaves. Él comprendió que si su chico le veía, posiblemente tuvieran problemas. Él realmente estaba actuando con Elena en ciertas escenas que enfadarían a cualquier novio y lo comprendía.
- Sho - le llamó -. Prométeme que guardarás mi secreto - susurró.
- ¿Eh?
Señaló al ascensor. Subía. Y se escuchaba mucho ruido y alboroto en las escaleras. Subían a buscarle hasta allí.
- Esto es una locura, joder - dijo el chico, apretando los dientes -. Voy a enfrentarles y a decirles que...
El ruido de las llaves le hizo mirar hacia la chica, que estaba abriendo la puerta a toda prisa. Volvió a tironear de él y en el instante en el que el ascensor hizo el sonido de llegada al piso, ella cerró la puerta del apartamento con fuerza. Elena parecía respirar entrecortada. Y parecía preocupada por él. Eso le conmovió, aunque se odió por hacerla preocupar.
- Elena, yo... - empezó él.
- ¿Volviste? - resonó una voz desde dentro del pequeño apartamento.
- Sí, Kay, estoy en casa - dijo ella, quitándose los zapatos y entrando en la cocina, que estaba a dos pasos del vestíbulo y además, no tenía tabique -. He traido helado - dijo, con voz cantarina, dejándolo sobre la encimera.
Unos pasos pequeños se acercaron corriendo. El chico había esperado ver un bigardo alto y atlético. Pero apareció corriendo por ahí un niño pequeñito vestido con la camiseta de su equipo de baseball favorito. Entró en la cocina pasando delante de su cara sorprendida sin mirarle y se subió a la encimera apoyándose en una sillita que había en el suelo. Con sus manos sacó el tarro de helado de chocolate y su cara se iluminó.
- Chocolate, chocolate - canturreó -. Gracias - dijo, mirándola -, mamá.
La cara de Elena se iluminó con una sonrisa y le acarició la cabeza, despeinándole el pelo negro. El niño se estiró y cogió una cuchara. Le tendió el bote a la chica para que lo abriera después de intentarlo él y no poder. Pero Elena lo metió en la nevera.
- Para después de cenar, ¿de acuerdo, jovencito? - dijo ella.
El niño hizo un puchero pero lo aceptó, dejando la cuchara de nuevo en su sitio.
- ¿Qué cenamos hoy? - preguntó él.
- Primero, mira detrás de ti, anda. Eres un despistado, tenemos visita - dijo ella, señalando detrás del niño.
Sho seguía parado en la entrada del apartamento, mirando la escena como quien mira la tele y está viendo un drama de por la tarde. No sabía qué decir, realmente.
- ¿Quién es? - preguntó el niño, mirando a la chica.
- Es Sho - le presentó la chica -. Es un compañero de trabajo.
- Yo soy Kazuya. Hola, Sho - le saludó el niño.
- Hola - dijo él, todavía sorprendido -. Así que es tu hijo... - susurró.
Por eso le había pedido que guardara su secreto. Eso significaba que nadie sabía que tenía un hijo. El niño volvió a mirar a la chica y ambos sonrieron de nuevo. Aquel ambiente era totalmente diferente al de su casa. Se respiraba tranquilidad y todas esas sonrisas y muestras de cariño le producían cierta nostalgia y dulzura.
- Bueno, pasa, ahí parado no haces nada - le dijo entonces ella a Sho -. Ayuda a Kay a poner la mesa, por favor - le pidió, mientras ella se anudaba el delantal a la cintura -. Kay, ¿pasta? - le preguntó al chico, que había saltado de la encimera y estaba sacando los cubiertos de un cajón.
- ¡Sí! - sonrió él.
- Está bien. - Miró al otro chico -. ¿Y tú?
- ¿Eh? Ah, no te preocupes por mi.
- He preguntado que qué quieres comer - dijo ella. El estómago del chico respondió por él que cualquier cosa valía con tal de que fuera comestible. Ella soltó una risotada y el niño también.
- Entonces... cualquier cosa está bien - dijo, pasando a la cocina aún algo cohibido.
- ¿Te gusta la pasta como a todo ser humano sobre la faz de la tierra? - le preguntó, apuntándole a la cara con un puñado de espaguetis crudos.
- Sí - dijo él, soltando una carcajada -. Pasta está bien.
- Perfecto - sonrió la chica.
Ella se volvió hacia los fogones y entonces el niño se acercó a Sho y le cogió de la mano. El chico le siguió y le ayudó a poner cubiertos sobre la mesa. Al ver que se le complicaba el colocar cubiertos sobre la mesa sin subirse a una silla, el chico le cogió en brazos y así el niño pudo colocarlo todo sin problemas y sin que se le cayese nada. Viéndole de cerca, el niño se parecía mucho a su madre. El mismo tipo de pelo, la piel clara y los ojos oscuros como pozos pero dulces y tranquilizadores a la vez. Kay era un chico muy educado y formal que parecía haber tenido todo cuanto necesitaba un niño en la vida. Todo, menos un padre. Al menos, esa sensación daba cuando miraba las fotos sobre los muebles. Solo había fotos de ellos dos, nunca con otra persona.
- Está listo - avisó ella -. A la mesa.
Elena parecía comportarse como la típica madre ama de casa que solo tiene ojos para sus hijos. Pero en realidad era mucho más que eso. Trabajaba como actriz, tenía una vida pública e importante, era una ídolo. Y aún así era capaz de mantener aquella vitalidad, aquella sonrisa, y aquella felicidad. Realmente admirable. Aquella fue la primera comida tranquila que hizo después de mucho tiempo. Madre e hijo conversaban animadamente y cuando Elena comía pasta, la salsa de tomate le salpicaba la barbilla y la nariz. Ambos chicos empezaron a reirse con ello y ella no se enteraba de lo que pasaba por lo que se frotó la cara y extendió la salsa de tomate por sus mejillas, lo que hizo que ellos se rieran aún más. Sho cogió una servilleta y la limpió toda la cara mientras el niño seguía comiendo y moviendo las piernas bajo la mesa animadamente y con una sonrisa. Después de la cena y de recoger entre los tres, Elena sacó el helado y los tres cogieron una cuchara cada uno para atacar el bote de chocolate y ponerse las botas comiendo el helado. A veces hubo peleas entre las cucharas de Sho y Kay y Elena solo podía mirarles, entretenida. A Kay le cayó bien el chico de ojos claros, por lo que después de cenar la chica se prestó a recoger sola la cocina mientras el niño le enseñaba todos los juguetes y algunos dibujos que tenía por ahí. Se sentía muy a gusto con él y ella lo agradecía. Cuando al fin terminó de recoger, preparó café y lo llevó al salón. Kay estaba dormido sobre las piernas de Sho, en el sofá. El chico le acariciaba el pelo y le miraba con cierta nostalgia en los ojos.
- Sho - susurró.
- Se durmió - dijo él, mientras ella se sentaba a su lado en el suelo. Apoyó el brazo en el sofá y también le acarició la cabeza al niño, que respiraba tranquilamente.
- Estaba agotado, es normal. Se pasa el día en el colegio gritando y correteando por ahí. Cuando llega a casa está más cansado que yo misma - comentó, tendiéndole el café al chico.
- Elena, ¿cuántos años tiene? - preguntó en un susurro. Tal vez ella no quisiera hablar de ese gran secreto que guardaba.
La chica cogió aire y suspiró. Volvió los ojos al pequeño y respondió De todas formas, él ya conocía aquel secreto que celosamente había guardado durante tantos años, por lo que no tenía por qué desconfiar de él ahora.
- Tiene ocho años - contestó -. Nació tres días antes de que yo cumpliera los dieciocho.
Miró al chico. Quería ver su reacción. Tal vez aquello le pareciera una aberración o una cosa parecida. Eso la asustaba.
- ¿Cómo? - musitó él.
- ¿Eh? Yo... quise tenerlo porque en el momento en el que vivía estaba sola. Pensé que tal vez un hijo... lo siento, esto te sonara a mentalidad infantil pero en aquel entonces...
- Eras una niña - susurró él, cortándola con suavidad y mirándola a los ojos. No había reproche en ellos, ni nada malo que pudiera decir respecto al tema. Había sorpresa -. ¿Cómo pudiste criar sola a un bebé y lograr que se convirtiera en un niño tan sano y tan maravilloso?
Elena se quedó sin palabras. Aquello la había llegado realmente al corazón.
- Sho...
- ¿Puedo escuchar tu historia? - la pidió -. Por favor.
Ella volvió a coger aire y empezó a hablar con suavidad. Hacía ocho años sus padres la habían repudiado por haberse quedado embarazada estando en el instituto y la obligaron a dejarlo. El último curso pudo graduarse gracias a que un profesor de un instituto público la ayudó y respondió por ella. Vivió durante ese año en casa de otra de sus profesoras, a cambio de que hiciera las tareas de la casa, que era de dos pisos bastante amplios y de que aprobara todo. Aún seguía sin saber cómo lo había logrado. Pero lo había conseguido. Al dar a luz había dejado de estudiar de forma presencial y había hecho arte dramático a distancia, mientras cuidaba de su hijo.
- Ahora, con esta grabación espero conseguir algo más de dinero - suspiró al fin -. No es que nos falte, pero me gustaría viajar a algun sitio con Kay.
- ¿Cómo le cuidas ahora que estamos rodando? - preguntó, curioso.
- Hay un colegio en la esquina de la calle. La chica que lo lleva es amiga mía de la infancia. Su hija y Kay se llevan muy bien, asi que cada vez que tengo que grabar o salir a hacer algo solo tengo que llamarla.
- ¿Cuida a Kay por las noches? Digo, los guiones suelen llegarnos por las tardes y estudiarlos para el día siguiente debe ser complicado.
- No, qué va. Normalmente voy a buscarlo en cuanto salgo - dijo. Sho entendió el entusiasmo de la chica el día anterior en el camerino. Hablaba con su hijo por teléfono -. Venimos a casa y jugamos toda la tarde después de hacer los deberes y estudiar un poco. Y por las noches, cuando se duerme, es cuando estudio los guiones - relató. El chico volvió a entender una cosa más. La bronca de la maquilladora. Era por eso que tenía ojeras, por ese ritmo de vida tan agotador que llevaba y soportaba por su hijo, al que de verdad parecía adorar, solo hacía falta vérselo pintado en la cara, en esos ojos, en cómo le miraba.
- Eres increíble - dijo él entonces, sin poder evitarlo -. De verdad, todo esto es admirable. Creo que cualquier persona como tu, adolescente y madre soltera en su época, se hubiera cansado a estas alturas de un niño. Creo que le echarían las culpas de que su vida no fuera como soñó.
- Mis sueños no se vieron truncados por Kay. Es más, él es mi sueño ahora. Verlo crecer, sano, fuerte, buena persona. Mi trabajo es solo un condicionante de eso, por eso me esfuerzo cuanto puedo.
- Elena, eso es tan maduro - dijo él -. No pareces tener solo 25.
- ¿Verdad? A veces dicen que parezco una vieja - suspiró.
- No, no, no es por eso. Lo decía por tus palabras. Tu vitalidad, tu energía, tus ganas de reír... nadie en su sano juicio diría que eres una vieja.
- Todo eso lo mantengo gracias a mi niño. Tengo suerte de que él sea como es - admitió entonces -. Kay no es un niño que confíe así como así en cualquiera. Es muy maduro para su edad y realmente, a veces siento que es él quien cuida de mí más que yo de él - dijo, dándole un sorbo al café. Casi se había quedado frío -. Me consuela más que nadie, me hace reír más que nadie, y me quiere más que nadie. Con tenerle a él, lo tengo todo, siento que no necesito absolutamente nada más.
- ¿Ni siquiera un...? - se calló -. Perdona.
- ¿Un hombre? - dijo ella -. Eso no es una regla fija, hay cosas que cambian. Que alguien las hace cambiar - susurró ella.
Después de tomar el café con leche frío y de comentar cosas del rodaje y de los compañeros, Elena le preguntó por su pequeño problema de esa tarde. Porque la abalancha de periodistas solo podía indicar una cosa, y esa era poblemas.
- Saki ha montado una fiesta estudiantil monumental en el salón de mi casa - susurró -. No se como se enteraron esos periodistas pero si no me hubieras rescatado, alguno habría salido mal parado, porque no estaba de buen humor - aseguró.
- ¿Y? ¿Has llamado a la policía o algo?
- ¿La policía? No, solo me fui. ¿Cobarde, eh? Huyendo así de mi propia casa... - echó la cabeza hacia atrás en el sofá -. Patético.
De pronto sintió las manos de la chica sobre sus hombros, masajeándolos suavemente. Su rostro estaba encima de sus ojos, podía verlos perfectamente, ese mar de calma y tranquilidad que llevaba con ella. Se dejó hacer mientras cerraba los ojos y dejaba escapar unos suspiros de gusto. Tenía tensión acumulada, contracturas por todos lados y la espalda en general echa un asco, pero se negaba a asistir a las sesiones de fisioterapia que su manager le preparaba. Odiaba que le hicieran daño. Pero Elena solo masajeaba sus hombros con algo de fuerza, de forma que no le lastimaba y le gustaba. Así no iba a arreglar nada, pero él lo prefería así.
Un rayo iluminó el salón y luego el trueno le siguió. El estruendo hizo que Kay se agazapara más junto a Sho. Ambos le miraron. El niño se había sobresaltado. Elena miró la hora y se dio cuenta de que si el niño no dormía bien, al día siguiente no podría levantarse. Con mucho cuidado trató de levantarlo del sofá pero Sho le pidió en silencio hacerlo por ella. La chica le dejó y solo le miró mientras lo hacía, muy despacio, para no despertarle. Sintió su corazón latir más y más deprisa, como si la hubieran dado una descarga en el pecho con la imagen que estaba viendo y quedaría grabada en sus pupilas oscuras por siempre.
"La chica se revolvía con cierta violencia sobre las sábanas. Él que acababa de llegar se acercó a la cama y la miró. La zarandeó un poco por el hombro pero ella seguía diciendo cosas que no lograba entender. Hasta que la obligó a despertar gritando su nombre.
- ¡Misaki!
- ¡Ah! - gritó la chica, sentándose sobre la cama. Miró a todos lados, mientras sudaba, con los ojos desorbitados -. ¡Satoru!
- ¡Shh, tranquila, estoy aquí! - la dijo, cogiéndola de las manos que le buscaban -. ¿Estás bien? ¿Qué te pasa?
- Pesadilla... - susurró ella.
- Cálmate. Ya estoy aquí - la susurró, sentándose en la cama a su lado para abrazarla.
Ella se amarró con fuerza a su camisa blanca y empezó a respirar más tranquila mientras él la acariciaba el pelo con suavidad.
- No me dejes nunca, por favor - le rogó ella de pronto.
- ¿Esa es la pesadilla que te hace ver tan vulnerable? - la preguntó, obligándola a levantar la cara y mirarle -. ¿Es eso?
Ella desvió la mirada. Él la acarició la mejilla y la hizo mirarle aunque intentara evitar sus ojos.
- Nunca, jamás me iré de tu lado. Te lo prometo - susurró.
- Tengo miedo - admitió ella -. Todo esto es una locura...
- Una locura que viviremos juntos - dijo él -. ¿Confías en mi?
Ella pareció dejar de pensar en todo lo demás y solo asintió con una pequeña sonrisa. Él correspondió a su sonrisa y se agachó más sobre ella.
- Te quiero - la susurró.
- Sato... - musitó, quedándose a medias ante la imposibilidad de pronunciar su nombre con sus labios besándola suavemente en lo que pronto se convirtieron en caricias tranquilizadoras y cercanas para ambos muchachos que aún, vestían uniforme de preparatoria."
- ¡Ok, corten! - gritó una ruidosa voz por el megáfono -. ¡Vamos a comprobarlo!
Los dos chicos se levantaron de la cama, efectivamente vestidos con uniformes de instituto y se acercaron a la cámara principal para ver la escena que acaban de grabar juntos en aquel plató de la cadena de televisión nacional. Una persona del staff le tendió una toalla a la chica para que se limpiara y le llevó una botella de agua a cada uno para que se refrescaran en caso de que tuvieran que seguir grabando. Cuando el director dio el ok final, ellos suspiraron. Ambos compartían la vergüenza de llevar un uniforme de instituto con 28 y 25 años.
- Bien, ahora tenemos que grabar con él la escena de los recuerdos de Satoru - dijo el director, mirándole a él -. Tú terminaste hoy, puedes irte.
- ¿De veras? - preguntó ella, con la mirada iluminada -. ¡Gracias! Nos vemos mañana entonces. ¡Hasta mañana! -gritó, llena de energía a pesar de la escena que acababan de grabar.
La chica salió casi corriendo, dando saltitos de alegría, hacia el camerino a cambiarse. Él también tuvo que volver al camerino a cambiarse el peinado del pelo. Por el camino escuchó el sonido de un móvil y la voz emocionada de su compañera.
- Si, cariño, hoy volveré antes - decía, derrochando alegría -. Vale, lo prepararé para cenar. Espérame, llegaré en nada. Te quiero.
El chico suspiró. Aquella vitalidad en esa chica le animaba un poco. Él al principio también había tenido una relación parecida con su novia. Ahora todo era diferente. Ahora solo quería tener escenas que grabar para no volver a casa. Solo quería trabajar y trabajar para no volver a aquel lugar. Suspiró y se metió en la peluquería. Entre los cambios en su pelo, en su vestimenta y en el propio escenario, estuvo otras tres horas en la cadena de televisión. Estaba agotado. Condujo hacia su casa con la ventanilla bajada, buscando un poco de aire. Al aparcar y apagar el motor se pensó por un instante quedarse allí mismo a dormir. Pero al final se armó de valor y salió del coche negro hacia el apartamento. Subió las escaleras despacio, cargando con una bolsa de deporte y arrastrando un poco los pies. Encajó la llave en la cerradura de la puerta y entró en el vestíbulo quitándose los zapatos empujando hacia fuera uno con otro. Dejó caer la bolsa en el pasillo y entró hasta el salón. Solo estaba encendida la luz de la televisión. Había muchos papeles sobre la mesa y también bolígrafos. A un lado había un vaso con un poco de leche todavía y la chica estaba recostada en el sofá, sin moverse, apenas parpadeando ante las imágenes del televisor.
- Hola - dijo.
- Hola - contestó ella con voz queda.
- ¿Cenaste?
- Solo eso - dijo, señalando con la cabeza el vaso.
¿Solo? Moriría de inanición si seguía así. Pero no podía repetirla como si fuera su padre que comiera algo más. Estaba cansado de eso. Que hiciera lo que quisiera. Él no preguntó nada más. Mejor que no contestara, para decir cosas inconexas, mejor se iba a dormir. Se metió en la habitación y se tumbó sobre la cama apenas se desvistió. Aquellas cosas le sacaban de quicio. Era como si solo la desespereación por terminar de estudiar existiera en ella. Y ahora más que nunca, era como si no tuviera vitalidad. Él recordó que estaba en época de exámenes. No lo entendía. La chica tenía una carrera, un trabajo bueno que no la quitaba mucho tiempo y una vida independiente. Podrían llevar una vida diferente a aquella cosa que compartían y vivían. ¿Entonces por qué se empeñaba en hacer caso a las exigencias de sus padres y seguir estudiando lo que ellos querian que estudiara? Era absurdo. ¿Qué estaban haciendo sus padres para obligarla? No encontraba nada más que una obligación moral para explicar esa tontería de seguir estudiando cuando no lo necesitaba. Él había intentado apoyarla en cuanto había podido, pero se estaba rindiendo. Las situaciones empezaban a poder con él, a vencerle, a derrotarle. Necesitaba vivir, no vivir por ella y por él mismo. El chico se metió bajo las sábanas y se quedó dormido. Dejó de pensar y se dedicó a roncar, que al menos eso le relajaba más que darle vueltas a su cabezota.
El plató era un bullicio como cada mañana. Entró saludando a todo el mundo y se dirigió a la sala del maquillaje después de ponerse de nuevo aquel uniforme. Cuando lo llevaba rogaba porque le tragara la tierra. Al llegar tocó la puerta. Pero con la conversación que había, no le oyeron.
- Es que de verdad, deberías dormir un poco más - decía la maquilladora -. Estas ojeras son importantes, va a llegar el día en el que no pueda ni taparlas con maquillaje - se quejó.
- Venga, tu eres un genio de esto, puedes hacerlo - decía animadamente su compañera de reparto. No parecía estar dormida o tener sueño a pesar de que la chica decía que tenía ojeras -. Gracias, de todas formas. Supongo que soy un poco irresponsable respecto a eso - se disculpó, rascándose la cabeza.
Parecía que él no era el único con problemas. Entró en la sala y la maquilladora rápidamente le ubicó en una de las sillas mientras la chica de peluquería atendía a los pedidos del director para la forma de su pelo de ese día. Las grabaciones se alargaron, dando paso a que ninguno de los dos pudieran salir a comer. Tuvieron un rato para comerse un bocadillo y nada más. Él cuando terminó, dado que el escenario de la siguiente escena no estaba listo, se dedicó a dar una vuelta por el edificio, acabando en la azotea. A veces le gustaban los sitios altos. Paz, tranquilidad, soledad. Todo parecía tan sencillo cuando desde allí arriba miraba al cielo.
- Mirándote desde aquí debo decir que ese uniforme te sienta de miedo - comentó una voz a su espalda.
Se giró rápidamente y se encontró con su compañera de escena sentada en la gravilla y comiéndose su bocata de tres pisos con una botella de zumo al lado.
- ¿Qué haces aquí?
- La azotea no es de nadie y es donde mejor se come - dijo ella.
La chica le señaló un lugar a su lado para que se sentara a hacerla compañía y él aceptó. Cuando se sentó, ella le lanzó un bollo de chocolate metido en una bolsita de plástico de esos que vendían en una de las máquinas expendedoras de los pasillos. El chico lo miró y ella le miró a él como diciendo con los ojos "¡come, hombre!". Él al final abrió la bolsita y le dio un mordisco al bollo.
- ¿Tanto miedo doy con esto puesto?
- Ah, no me refería a eso. Quería decir que te sienta muy bien - sonrió, dándole un trago al zumo de naranja.
- A mi edad, ¿eso es un cumplido?
- Intentaba serlo - admitió ella.
Nunca antes había hablado así con su compañera. Llevaban unos cuatro capitulos grabados juntos en casi un mes y reconocía que no había intentado conocerla a pesar de las escenas que habían compartido llenas de besos y caricias. Pero ella parecía una persona totalmente diferente a las que estaba acostumbrado. Normalmente eran gente centrada, profesional, excepto sus compañeros de grupo que eran profesionales pero descentrados totalmente. Pero aquella chica tenía una vitalidad enorme, una alegría en el cuerpo que nunca parecía perder y siempre tenía conversación. Además parecía una persona interesante. Hacía tiempo que no se sentía a gusto en compañía; prefería estar solo, pero con ella era como estar en medio del mundo entero sin conocer a nadie y no sentirse solo de ninguna manera. Con ella era posible volver a sonreír sin pensar en nada más.
- Dime, ¿tienes novia? - preguntó entonces ella, curiosa, mientras se chupaba los dedos del chocolate del otro bollo que acababa de abrir.
- ¿Qué más da eso?
- Solo pregunto, no te molestes.
- No se si tengo novia o un adorno encima del sofá - suspiró él, volviendo la vista al cielo.
- ¿Es una aburrida? No te pega - comentó.
- ¿Qué sabrás tu? - la dijo, aunque sin tono ofendido.
- Bueno, creo que eres una persona muy divertida. Te he visto con tus compañeros de grupo, digamos que soy vuestra fan - añadió -. Y pareces alguien a quien le gusta vivir con una sonrisa en la cara.
- Bueno, creo que eso es cierto.
- Lo dices como si no te conocieras a ti mismo - susurró ella.
- Es que no se si me reconozco a mí mismo - susurró él, bajando la cabeza -. Ya no lo se.
La chica dejó el bollo sobre el papel y se limpió las manos cuidadosamente antes de acercarse más a él y pasarle una mano por los hombros hasta llegar a su pelo para hacerle apoyar la cabeza en su hombro. Él se dejó llevar casi inconscientemente. Sentía en ella un aura diferente, más responsable, más cuidadosa, con sentimientos más profundos de lo que él podía ver. Suspiró. Estar así le tranquilizaba y le calmaba. Como si no pudiera pensar en nada. Ella por su parte sabía que no tenía que haberlo hecho. Lo que sentía por ese chico cada vez se volvía más y más fuerte. Aunque por fuera pareciera que solo era una buena compañera, realmente no era así. Ese chico era una persona estupenda, siempre pidiendo o dando consejos a los demás, siempre esforzándose al máximo, dándolo todo por lo que hacía. Le admiraba. Y sabía que sentía algo más, pero se negaría a admitirlo y se negaría a sí misma lo que él provocaba sin darse cuenta en ella. Porque así era como debía ser.
- ¿Se enfadaría si se enterase de esto? - susurró entonces él.
- ¿Mmm? ¿Quien?
- Él. El chico con el que hablabas ayer. Perdona, pero te escuché.
Él quería mirarla y levantó un poco la cabeza apartándose de ella un poco. La chica dejó caer el brazo y juntó ambas manos para frotarlas, no nerviosa pero sí algo sorprendida.
- Ah, él - repitió -. Quién sabe... - susurró, con voz misteriosa.
De repente hubo un instante en que ambos se quedaron mirando al otro sin saber qué decir. Realmente, sin necesidad de decir nada. Ella tenía unos ojos oscuros muy profundos y llamativos y él pareció perderse en aquellos pozos que le inspiraban de todo menos oscuridad y soledad. Y ella pareció no querer apartarse de sus pupilas claras por un momento, como si estuviera buceando en sus ojos para saber más de él, curiosa, ansiosa por conocerle mejor y sin intenciones de dejar de mirarle a pesar de saber que debía hacerlo.
Cogió el pomo de la puerta de la azotea y entró. La chica tenía un pase especial para la cadena por ser novia de quien era. Él se había negado a dárselo, pero al final había cedido por una razón que él seguramente ya había olvidado. Ella había decidido ir a verle porque la quedaba de camino desde la facultad en la que acababa de presentar su solicitud de examen. Sabía que su chico estaba grabando una nueva serie pero en aquella azotea no había ninguna cámara pero sí una escena. Él tenía a la chica sentada entre sus piernas y apoyada en su pecho con una mano en su cintura mientras se miraban y susurraban cosas que ella no podía oír. El chico pasó la otra mano por su rostro para apartarla el pelo y se agachó sobre ella, despacio, mientras la chica cerraba los ojos suavemente con las manos en el pecho del chico.
- ¡¡Sho!! - gritó entonces la chica desde la puerta de la azotea, sin poder evitarlo -. ¿¡Qué demonios estás haciendo, maldito bastardo!?
- Saki - susurró él al levantar la cabeza, sorprendido -. ¿Qué haces aquí?
- ¡Impedir que me pongas los cuernos!
- Uy, esto se complica - susurró la chica, levantándose rápidamente y tendiéndole la mano para ayudarle -. Yo solo diré una cosa en su defensa - dijo ella.
- ¡No! ¡Tú cállate, maldita zorra...!
- ¡Saki, basta! - rugió Sho. La chica se quedó sin palabras ante aquello. Miró con sorpresa y los ojos desorbitados al chico, que estaba más serio de lo que nunca le había visto.
- Solo estabamos practicando para una escena que tenemos que grabar - dijo la chica -. No te preocupes, no voy a quitarte a tu novio. Pero que yo no lo haga, no significa que no lo haga otra - dijo, como un consejo, mientras se acercaba a la salida -. Sho - le llamó. Era la primera vez que la escuchaba decir su nombre y la otra chica se pudo dar cuenta de cómo se relajó su rostro cuando la escuchó. Eso la enfadó todavía más, llevando su ira hasta límites insospechados por el chico -, tienes diez minutos. Sino, volveré a buscarte. Te espero - dijo, guiñándole un ojo antes de salir y cerrar la puerta tras ella.
- ¡¿Pero qué se ha creído esa...?!
- ¿Qué haces aquí? - repitió el chico, con voz fuerte, metiendo las manos en los bolsillos y dándole la espalda a ella. Como si no fuera a explicarselo. Como si le diera igual lo que ella pensara.
- ¡He venido a verte, ¿qué si no?! ¡Yo que quería pasar un rato contigo, comer contigo por una vez, y me encuentro esto!
- Solo ensayábamos, Saki - repitió él -. Es tal y como te ha dicho Elena.
- ¿Elena? ¿Así se llama esa zorra?
- Asi se llama mi compañera de trabajo en esta serie, Saki, sí - la corrigió -. Elena - susurró.
¿Por qué no se sentía mal? ¿Por qué no sentía la necesidad de explicarle a su novia lo que había visto? ¿Y por qué le daba igual que le entendiera o no? ¿Que le perdonara o no? ¿Tal vez porque creía que no había hecho nada malo? Porque creía que seguir al corazón no era nada malo. Suspiró. Aquello se había vuelto confuso de repente. La vitalidad y alegría de Elena se le habían contagiado y quería correr, saltar y reír. Así se había sentido cada vez que la había mirado durante aquel mes que llevaba grabando juntos. Y ahora pensaba que ni siquiera el histericisimo y los celos de Saki podrían truncarle esas ganas y esa alegría que la chica le había contagiado en aquel rato en el que habían conocido más del otro de lo que podían imaginar. ¿Significaba eso que ahora la simpatía de Elena competía y vencía a la sensualidad de Saki? Tal vez aquello solo fuera engorroso pero no complicado. Porque aunque intentara pensarlo y pensarlo mil y una veces, sabía lo que sentía, lo que había vuelto a sentir. Pero esta vez, ella era morena y de ojos oscuros.
El ambiente en aquel lugar era siempre igual. Miles y miles de personas reunidas en aquel sitio tan sumamente grande y esperando a que las primeras luces del escenario se encendiesen para que diera comienzo lo que muchas decían, era un sueño. Los mas de cien altavoces para el sonido comenzaron a vibrar con la primera presentación. El directo empezaba. La gente gritó. Sintió un nudo en la garganta. Todo el mundo se puso de pie, pero ella sintió como si no pudiera levantarse de la silla hasta que su amiga tironeó de ella. Pero sus manos no fueron capaces ni de sujetar una de esas chorradas con luces de colores que todo el mundo agitaba cual rebaño de ovejas. Aquello no era para ella. El concierto empezó puntual, como siempre. Aunque no gritaba como el resto de la gente, la emocionó volver a verlos subidos en un escenario. Tan divertidos, tan centrados, tan locos, tan unidos. http://kiwi.kz/watch/flsdlbzp5727/
Los espectáculos siemrpe la pusieron nerviosa, de todas formas. Esa manera de subirse en las alturas y dar volteretas y saltos colgados de cables no la daba buena espina, aunque sabía que era seguro, que ellos no subirían allí sin saber que nada iba a pasar. A un buen rato de haber empezado, vio al chico moreno vestido con un kimono y una máscara de kabuki. Su corazón palpitó. ¿Se había vestido al estilo de la época de 1582? No era posible. Pero llevaba puesto ese kimono de terciopelo adornado con figuras de oro y colores muy brillantes, rojos y púrpuras.
- Kazuya - susurró, aunque su voz quedó ahogada entre los gritos de las demás. Pero no necesitaba que nadie la escuchara, solo necesitaba decirlo.
El chico se movía de una forma extremadamente sensual, acorde al sentido de la letra de esa canción. Era como si él la contara aquella historia a su manera, como ella lo había hecho una vez. Cuando llegó al segundo estribillo y se cambió, el kimono era más simple, sin muchos adornos, verde. El chico tenía una katana en la mano e hizo varios malabares con ella antes de empezar a jugar con el agua del centro del escenario. Le encantaba eso, ella lo sabía. De repente escuchó unos gritos a su lado que la llamaban a ella en vez de gritar al chico. Miró a todos lados y encontró una silueta al otro lado de las barreras que la gritaba. Y parecía decirla que se acercara.
"¿Qué haces ahí?" vocalizó la chica, confiando en que la leería los labios, porque era imposible comunicarse con aquel griterío.
"Venir a buscarte, ¿qué crees? Venga, vamos, ven aquí" vocalizó, haciendo gestos con las manos para que se acercara.
"¿Cómo?" vocalizó ella. "Es imposible salir de aquí"
"Inténtalo, súbete a las sillas" la aconsejó él.
"¿Estás loco o qué? Eso es imposible" dijo ella. "Y vete. Si te ven, se volverán locas" murmuró, haciendo un gesto con la mano como de locura.
"No me voy si no te vienes conmigo" dijo. La canción pronto acabaría y él se estaba poniendo nervioso. El chico estaba volando por los aires colgando de unos cables y desde el aire podía verles. Y entonces les fastidiaría la sorpresa. "Rápido, por favor."
"Estais todos locos." sentenció ella, levantándose y empezando a subirse por las sillas intentando no llamar mucho la atención, cosa complicada. Al llegar a la barrera, el chico la cogió de la mano y la ayudó a saltar. Apenas puso los pies en el suelo, echaron a correr. Cuando se metieron en la zona del staff, estuvo un momento sin escuchar nada. Desde luego la acústica del concierto era demoledora.
- ¿Pero qué pasa, Jin? - le preguntó al chico que todavía la llevaba amarrada de la mano.
- Venga, se nos fastidió la sorpresa del tour, al menos hagamos esto - sonrió, tirando de ella por un pasillo que ella nunca había visto y miró curiosa. ¿En qué estaban pensando esos chicos?
Estaba chorreando agua como el grifo de una ducha. Apenas la plataforma donde estaba bajó y desapareció del escenario, suspiró. Estaba más mojado que otras veces. Los niños se habían ensañado con el agua. De repente, según se levantó, unas manos que salían de todas partes le cogieron y le levantaron del suelo en brazos. Él se removió pero ellos podían con él sin problemas y en menos de medio minuto le metieron en una sala que al principio no reconoció porque se revolvió hacia la puerta, aporreándola.
- ¡Oye! ¡Sacadme de aquí! ¿¡Qué estaís haciendo!?
- Estás mojando todo el backstage - le gritó Jin, mientras el resto se reían en silencio -. Mejor cámbiate rápido.
- ¿¡Y para eso cerrais la puerta!? ¡No seais cabrones! - gritó, volviendo a aporrear la puerta -. ¡Koki! ¿¡Esto es idea tuya, ¿no?!? ¡Te juro que te voy a dar una paliza cuando salga de aquí!
- ¡Mejor relájate, campeón! - gritó Jin, mientras Koki se reía a carcajadas -. Date una ducha mientras nosotros seguimos con el concierto.
- Tienes unos quince minutos - le avisó Nakamaru -. Date prisa. Luego, te esperamos en el escenario. - ¿Pero qué...?
Dejó de golpear la puerta y se despegó la bata blanca con la que había bailado del cuerpo, dejándola caer con un ruido sordo a causa del agua que llevaba encima.
- Ya era hora de que te quitaras eso - susurró una voz. Él se giró rápidamente -. Te ibas a resfriar.
Había dos piernas tras la puerta de su taquilla, que estaba abierta. Y reconocía aquellas piernas. Y también los dedos en las sandalias blancas, que se movían nerviosamente como ella hacía siempre.
- ¿Qué haces...?
- ¿Sabes? - le interrumpió -. Esta foto es horrible.
- ¡Ah!
Se acercó corriendo, resbalando un par de veces por el agua y cerró la puerta para que dejara de mirar la foto. Así volvió a ver sus ojos de verdad y no solamente los de aquella fotografía. No sabía que decirle ahora. Había pensado en volver a verla después del tour, en decirla todo lo que sentía, pero así de repente, todo lo que quería decir se acababa de esfumar de su mente.
- Tendré que regalarte otra - susurró ella.
- ¿No estás enfadada? - no podía aguantar sin saberlo.
- ¿Enfadada?
- Kira, te eché de casa, te dije cosas horrorosas después de que trabajaste tanto y encima la culpa de todo era mía. Deberías estar enfadada. Es lo normal.
- Pues para mi - susurró, acercándose un poco más a él -, lo normal en este caso en el que llevo un mes sin ver a la persona que más adoro en el mundo, es solamente sonreírle y mirarle a los ojos para sentir que vuelve a estar conmigo.
El chico buscó su mirada y encontró un par de pupilas relucientes cerca de él. Agradeció en silencio la compresión desmedida que ella tenía hacia él y sonrió a medias.
- Si no te duchas rápido el concierto seguirá sin tin - susurró entonces.
- Mierda, el concierto - soltó, apartándose rápidamente y metiéndose en la ducha y quitándose los pantalones y la ropa -. ¿De verdad que no estás enfadada? - la preguntó, levantando la voz sobre el ruido del agua.
- Que no - le repitió, acercándose a recoger la bata mojada que había dejado en el suelo para colgarla en una percha a ver si de casualidad se secaba.
- ¿Y tu tesis?
- Presentada. Ahora a ver qué sale - suspiró.
- No pareces muy confiada.
- Es que no lo estoy - reconoció, apoyándose de nuevo en las taquillas -. Hay un chico que presentó la misma tesis y parece que quiere superarme a toda costa. Él cambió las fechas de entrega y me fastidió.
- O sea, que es con él con quien estás enfadada.
- Kazuya, ¿qué es esta obsesión con que me enfade? - le preguntó.
- Es solo que me parece mentira que nada te haga enfadar - comentó cerrando el grifo. Se ató la toalla en la cintura y salió de la ducha teniendo cuidado de no resbalarse con los baldosines del suelo.
- Claro que me enfada, me molesta, pero como no me importa ese chico, lo ignoro por completo. Y en cuanto a ti... no puedo enfadarme contigo, realmente - susurró, apartando la vista -. Se que me necesitabas. Igual que yo a ti. Y en vez de hablarlo y ponernos de acuerdo, nos separamos sin darnos cuenta. Es culpa de los dos. No puedo enfadarme por algo así, ¿o tan infantil parezco como para hacerlo?
- No es eso - dijo, acercándose a ella para mirarla a los ojos. El agua del pelo del chico la mojó la mejilla y él la acarició, mojándola más con su mano -. De hecho, es un alivio que seas una persona tan madura como para soportarme.
- Qué tonterías dices - susurró ella -. Y como las he echado de menos - sonrió, apoyando la frente en los labios de él. Estaban fríos a causa del agua.
- Siento haber sido tan cobarde y no haber ido a buscarte, Kira - la susurró -. Perdóname.
- Es mejor así. Me alegro mucho de haber venido a verte al fin. Yo también soy una cobarde porque no quería venir, la verdad.
- Pero estás aquí. Gracias por ser más valiente que yo.
- Es gracias a ti que soy más valiente. Si estoy aquí - se separó un poco para mirarle - es por la letra que escribiste. Por 1582.
- ¿Te diste cuenta?
- ¿Cómo no darse cuenta? Tiene un significado especial para mi. Significa que me escuchabas cuando te hablaba aunque parecías dormido - rió la chica.
- Oye, era interesante - se quejó él -. Me gusta escucharte contar esas cosas - admitió.
Se miraron durante un momento. Ella le acarició la mejilla, apartando su pelo mojado hacia atrás y limpió su mejilla del agua que le resbalaba. Descendió despacio por su hombro y llegó a su pecho húmedo lleno de gotas de agua todavía. Lo miró de lado y luego levantó los ojos hacia los de él, que la miraban ensimismados.
- ¿Y eso de "no quiero despertar por amor"? - le preguntó entonces -. ¿Qué significa eso?
- Nada. Porque yo ya he despertado. Ahora solo quiero no dormirme nunca más - susurró.
A la mierda el tiempo. No podía seguir evitando aquel deseo que le nacía en el pecho. Si no la besaba ahora, no estaría a gusto en lo que quedaba de concierto. Se agachó sobre ella y Kira acercó sus labios a su boca fría todavía. Parecía saber a la perfección lo que él necesitaba en ese momento. Como si curara sus heridas como decía la canción. Rozó sus labios después de tanto tiempo. Los sintió ávidos de los suyos, algo que no había esperado. Acarició el rostro de la chica y se acercó más a ella, abrazándola y mojándola la camisa blanca que llevaba. Ella se acercó aún más a él y pasó los brazos por el cuello del chico, enredando la mano en su pelo húmedo. Ojalá el mundo se hubiera detenido en ese instante.
La llave en la cerradura giró entonces. Los ojos de un muchacho joven presenciaron la escena de ambos amantes antes de interrumpirla. Ellos no se separaron mucho, solo lo justo para mirarle.
- ¿Qué pasa?
- He venido a sacarte. Los chicos dicen que te quedan cuatro minutos para volver - susurró, aún algo impactado por lo que había visto.
- ¡Mierda! ¡Llegaré tarde! - gritó, apartándose de ella y buscando la ropa que tenía que ponerse encima del banco.
- Y a mi me has empapado - comentó ella.
- Toma - dijo, tirándola una camiseta negra a rayas grises. Era la camiseta que él tendría que ponerse después del concierto.
- ¿Seguro que me la puedo poner?
- Sí. Ya conseguiré otra. Además, no es la primera vez que te pones una camiseta mía - la recordó.
- Cierto - dijo ella, empezando a desabrocharse la camisa.
El chico que estaba en la puerta había huido como despavorido al verles y volvían a estar solos aunque un poco menos encerrados. Agradecida al quitarse la humedad de encima, la chica se quitó la camisa y se puso la camiseta seca. El chico, con más que experiencia en eso, se cambió rápidamente y salió hacia el backstage. Antes de salir de nuevo miró a la chica.
- Espérame aquí - la pidió.
- Claro. Desde aqui tengo una vista VIP - sonrió ella.
El chico no pudo evitar besarla rápidamente antes de salir al escenario y empezar a gritar como un histérico. Todos pudieron notar que su pequeña jugarreta, había salido bien. No es como si hubiera algo mal, solo algo al revés que ellos habían pues al derechas. Sabían que solo hacía falta una mirada entre aquellos dos seres tan sumamente diferentes y por eso complementarios para que todo volviera a ser como era antes o incluso mejor. La voz de Kazuya se volvió más fuerte, recuperó esa vida que parecía faltarle aunque solo sus amigos se dieran cuenta de ello. Y aunque pareciera mentira, era la misma música que les unió la primera vez la que les había vuelto a hacer sonreír juntos otra vez más.
En la puerta, después de ponerse los zapatos, alcanzó aquella bufanda que siempre llevaba puesta en invierno y la enroscó en su cuello. Hacía mucho tiempo que no subía en aquel coche aparcado ahora frente a su apartamento. La sorprendió que él hubiera ido hasta allí en su viejo coche negro, pero lo agradecía. Si veía una limusina más sentiría naúseas. El chico le abrió la puerta desde dentro del coche y ella subió, sintiendo en el estómago un cierto mariposeo de nostalgia. Al subir, él ajustó la calefacción para que el aire se volviera caliente y no pasaran frio.
- Oye, ¿cuántos años tiene esa bufanda? - preguntó él al fin.
- ¿Has olvidado cuándo me la regalaste? - refunfuñó ella.
- No, fue en Navidad. Pero de hace ¿cuánto? Cuatro años por lo menos.
- Cinco - sonrió ella.
- Peor todavía. ¿Por qué no la cambias? - preguntó, tocando la tela de la bufanda.
- Eso no soñarlo - soltó la chica, dándole un manotazo para que se apartara de su preciosa bufanda -. Tú me la regalaste y la tendré incluso cuando se rompa y se haga pedacitos y los hilos se le caigan, ¿queda claro?
- Sí - dijo él, arrancando el coche -, queda claro que tengo que regalarte otra bufanda.
- Oh, vamos... - dijo ella, tapándose la cara con la mano.
No era eso lo que quería decir, pero aquel hombre siempre entendía las cosas de al revés y como le daba la gana. El chico condujo por las calles de la ciudad como siempre hacía, daba vueltas y vueltas para llevarla a cualquier parte, tratando de alargar los momentos juntos y haciendo que a veces incluso, llegara tarde. Pero reconocía que merecía la pena. Esa mañana, el chico la llevó al edificio de la compañía donde trabajaba. Ella le tuvo que indicar el camino y él, inocentemente, se perdió. Asi que aparcó el coche y la hizo bajar.
- Vayamos andando. No queda muy lejos, ¿verdad?
- ¿Tú estás haciendo todo esto a posta, a que si? - le descubrió, mirándole a los ojos.
- Solo a medias - sonrió él.
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Entonces la tendió la mano. Ella iba a negarse y a sacar algún pero o alguna contradicción, pero él la miraba con ojos suplicantes, la pedían que por favor aceptara caminar de la mano con él por las calles de su ciudad. Y ella no pudo negarse. Como nunca se había negado a nada de lo que él anhelaba o quería con tal de ver aquella preciosa sonrisa pintada en su rostro. Él se ajustó el sombrero en la cabeza y cerró los dedos alrededor de la cálida mano de la chica. No podía creerse que de verdad estuviera paseando de nuevo a su lado, junto a ella, escuchando el tap tap de sus zapatos de tacón a su lado y mirándola de reojo y encontrándose con que ella también lo hacía. Parecían dos estúpidos con mucha conversación y mucho que decirse. Adoraba la sensación de caminar de forma tan tranquila, como si nada pudiera pasar, como si fuera el hombre más feliz de aquella enorme e iluminada ciudad. Cuando llegaron al enorme edificio de la empresa el chico lo miró de arriba abajo. No quería soltarla. Ella trató de hacerle entender pero él se negó y la abrazó con fuerza.
- No puedo quedarme contigo todo el día - le dijo, acariciándole la espalda -. Perdóname.
- No, se que tienes que trabajar, no es culpa tuya - susurró él -. Pero no te has ido y ya te estoy echando de menos - dijo, con unos pucheros muy lindos.
La chica se separó un poco de Jin y le miró a los ojos. Se inclinó sobre él y le besó suavemente durante unos segundos. Él se quedó tan sorprendido que no atinó ni a cerrar los ojos. Ella soltó una carcajada al ver su cara y le miró.
- ¿Qué es esa cara?
- ¿Qué ha sido eso?
- ¿Te lo tengo que explicar?
- Nunca me dejaste besarte en la calle y...
- Esta vez es diferente - le cortó suavemente, poniendo los dedos sobre los labios del chico -. Ahora no puedo perderte otra vez. Y llevo dos años sin consentirte un capricho, por eso te volviste un niño con ganas de ser mimado. Asi que, voy a mimarte por todo lo que no te pude mimar antes - sonrió, cerca de sus labios otra vez.
No pensaba besarle de nuevo pero él le robó ese beso que tanto quería. Yarah le golpeó en el pecho y él se apartó un poco, sonriendo. Le gustaba picarla.
- Oye, no dije que pudieras aprovecharte - le espetó.
- Bah, es solo un poco.
- Bueno, tengo que irme. Me he enterado de que hoy tienes un concierto aqui, ¿no es así?
- Eh... si - dijo, algo desanimado.
- ¿No tienes ganas de ver a tus fans de aquí? Parece que no te haga mucha ilusión - comentó.
- Reconozco que echo de menos a esos cinco cafres - suspiró.
- ¿Has hablado con ellos?
- No. Eso también me inquieta - dijo, metiendo las manos en los bolsillos -. Pero ahora no te preocupes de eso. Esfuérzate en tu trabajo, yo lo haré en el concierto, ¿vale?
- ¿Y - bajó considerablemente la voz - nos veremos en casa?
Él la acarició el pelo y la mejilla con suavidad.
- Sí - susurró -. Nos veremos en casa.
Con cara de quinceañera enamoradiza, la chica entró en la compañía dando pequeños saltitos de alegría, girándose a veces para mirarle y ver que él esperaba a que desapareciera de su vista para irse. El chico volvió caminando despacio hasta el coche. Al subir, se quedó pensando un momento. Realmente sentía que necesitaba disculparse con los chicos. No quedaría a gusto hasta que no lo hiciera, por lo que arrancó el coche y salió hacia la agencia a buscarles. Sino, sentía que algo le estaría molestando por dentro todo el día. Se sorprendió al llegar a la agencia y descubrir que aún había una plaza en el aparcamiento para él. Los coches de Kazuya y Junno estaban allí también, por lo que supuso que al menos ellos dos estarían allí. Aparco rápidamente y corrió a coger un ascensor para subir al piso donde estaba la sala que ellos usaban siempre. Llamó a la puerta, pero nadie contestó. Abrió ligeramente y asomó la cabeza. No había nadie. Extrañado, dio una vuelta por el piso pero no fue capaz de encontrar a ninguno. Bajó de nuevo en el ascensor con una de las secretarias que conocía y se quedó mirándole. Incómodo, bajó en el primero piso en el que el ascensor paró. Pero una vez echó a andar se dio cuenta de que no llegaba a ninguna parte.
Caminó despacio por los pasillos. A veces echaba de menos aquello. El ambiente, el calor de aquellas paredes le hicieron sentir en su casa. Entonces se paró delante de una de las puertas que mejor conocía. Empujó la enorme puerta intentando no hacer ruido porque técnicamente no debería entrar allí. Las paredes seguían siendo blancas y las cortinas verdes estaban colgadas todavía. La nostalgia le hizo suspirar y sonreír. Las cámaras tapadas con fundas grises para que no cogieran polvo, los carriles por donde éstas se deslizaban perfectamente alineados y preparados para lo que fuera. Las luces apagadas y solo uno de los focos encendido que le permitía ver aquel lugar que ahora le daba tanta pena ver así, sin vida. Normalmente había muchisimos profesionales paseándose por allí, ayudándoles, vistiéndoles y peinándoles, pendientes de ellos. Muchas luces, muchos gritos, idioteces que le llenaban la cabeza y la cara de sonrisas, niños como sus compañeros correteando por ahí y guiando a las cámaras que realizaban las grabaciones para los making off. No se había dado cuenta de cuánto había echado de menos aquello hasta ese momento. Caminó hacia el escenario iluminado y respiró hondo. Olía a felicidad. Aquella que había sacrificado para lograr sus ambiciones porque no se había dado cuenta de que no tenía que renunciar a ella para conseguirlo. Volvió a mirar a su alrededor y sintió aquella calidez de los bailarines a su alrededor, de sus compañeros bailando con él. Recordó a Koki fallando después de echarle la bronca a él, a Junno siempre perfecto en sus bailes y sus movimientos sumamente graciosos, las pegas que Ueda ponía a todo, la cara divertida de Nakamaru a veces mal disimulada con seriedad y el trabajo duro de Kazuya, siempre al cien por cien. Soltó una carcajada al ver la puerta donde se vestían. Siempre llevaban unas pintas bastante graciosas, aunque a veces coincidían con sus estilos personales. Grabar solos les daba pánico porque los demás miraban y era más cómodo hacerlo en grupo, también era más divertido. Porque nunca se sentía solo. Era imposible sentirse solo, no le dejaban sentirse así aunque pareciera mentira. Ahora todo le transmitía esa soledad, esa lugubriedad que tanto odiaba. Las luces apagadas sin despedir calor, nadie allí, solo sus pensamientos y él. Realmente daría mucho por volver entre aquellas paredes a grabar de nuevo con ellos. Pero ahora tenía su propia vida y aunque ellos estuvieran en ella a partir de ahora, no podía desviarse de su verdadero camino.
Con las manos metidas en los bolsillos del pantalón, el chico se volvió hacia la puerta y caminó, muy despacio, como disfrutando del suelo que pisaba, de cada sensación que le producía aquella sala, antes de llegar a la puerta y, sin volver a mirar atrás, salir de ella para no volver nunca más. Suspiró apoyado en la puerta antes de echar a andar hacia las escaleras para bajar al aparcamiento. Odiaba los ascensores, definitivamente. Cuando llegó hasta el coche se dio cuenta de que ninguno de los coches de sus compañeros estaban allí. ¿Era posible no haberselos encontrado? Técnicamente con lo grande que era la agencia, sí. Pero algo le dijo que le habían evitado. No tenía pruebas ni nada por el estilo, pero algo le decía que habían huido de él porque estaban demasiado enfadados como para escucharle siquiera. Y era normal con la cantidad de barbaridades que había dicho y hecho. Eso le hizo sentirse todavía peor y pegó un fuerte portazo cuando se subió en el coche. ¿Cómo podía haber sido tan estúpido y haber jodido todas aquellas sensaciones que la nostalgia había conservado en su recuerdo como algo tan maravilloso? Puso las manos sobre el volante y apoyó la frente en ellas. ¿Estaba realmente todo perdido? El móvil le despertó. Lo miró y el nombre de su representante apareció en él. Después de que le gritase un "¡vuelve aquí inmediatamente que el concierto no tardará en empezar, irresponsable!" el chico le colgó y arrancó el coche. El Dome le esperaba de nuevo con las puertas abiertas. ¿Le esperarían los corazones de la gente de igual manera?
El escenario no había cambiado tanto. Añoranza de nuevo que le hizo suspirar. Sentirse en casa era como un regalo de algo que no pensó en volver a sentir. Los gritos de las personas le llenaron. Escuchaba comentarios de los bailarines que decían "qué ruidosas" o "se podían callar un poco", pero él echaba de menos eso. Los gritos de la gente tal altos, tan profundos, le llenaban y le animaban a cantar aún más fuerte. Sí, aquella sensación de nuevo que le hacía sentir vivo. Durante medio concierto, las cosas fueron bien. Los bailarines no rechistaron ni dijeron nada. Él supuso que habían pasado una noche estupenda de fiesta pero eso realmente ya le daba igual. Mientras hicieran bien su trabajo, le daba igual el resto. Él estaba con su gente, cantando como siempre había querido hacerlo y con eso le bastaba. En la segunda parte del concierto, después de cambiarse, salió al escenario ya arreglado y preparado para cantar aquella canción que él había compuesto en su idioma. Todas las canciones ahora eran inglesas, pero todavía tenía alguna pequeña conexión con aquellas canciones que había cantado con toda su alma. Esperó a que la música sonara pero no lo hacía. ¿Habría pasado algo? Se giró a mirar y en la pantalla unos enormes kanjis blancos fueron apareciendo lentamente.
"Okaerinasai, Jin".
- ¿Qué...? - musitó, sintiendo un revoltijo de sensaciones en su estómago.
Y aquellos acordes de una música que no había compuesto pero sí cantado empezaron a resonar por todo el Dome.
http://www.youtube.com/watch?v=o7JTT1Vg6Oc
La gente enardeció y los focos del techo apuntaron tras él. La pantalla del escenario se abrió suavemente y pudo ver a quienes pertenecían aquellas voces caminar hacia él como si le fueran a buscar de verdad. La figura que iba por delante se colgó de su cuello y el pelinegro le hizo levantar el micrófono para que cantara mientras que el chico alto le susurraba "sin ti no tiene gracia cantar esto" y su siempre brillante sonrisa. La canción no empezaría hasta que él estuviera dispuesto a empezarla con ellos. Sintió una punzada en el corazón. Demasiada felicidad. Tanta que era dolorosa. Quiso llorar. Pero lo dejó para despues. Se dio la vuelta y echó a andar hacia el centro del escenario con ellos a sus lados, cantando aquella canción que realmente, le estaba rescatando de todo lo que había pasado. Aquella canción que le devolvía la luz tras la oscuridad. Y cantó aquella canción como si la vida se le fuera en ello. Bailó aquellos pasos que tantas veces había equivocado y gritó todo cuanto pudo y más. Disfrutó de aquellos cinco minutos en los que volvió a vivir en el pasado como si el mundo se fuera a acabar con el último acorde de la guitarra y el último golpe de la batería. Kazuya lo abrazó apenas terminó la música. El resto los rodearon y se intentaron abrazar como pudieron.
- Estaremos mirándote triunfar - le susurró Kazuya.
- Esfuérzate - susurró Ueda antes de apartarse de ellos. Daban mucho calor todos juntos.
- Sigue adelante - le dijo Nakamaru.
- Tu puedes, compañero - sonrió Junno.
- Enséñales de lo que eres capaz - rugió Koki.
Jin solo podía lloriquear y asentir con la cabeza. Se limpió la cara como pudo y al final sonrió. Presentó a los cinco chicos y después de darles las gracias, ellos se despidieron y salieron del escenario. Jin intentó recuperarse rápidamente y los bailarines salieron a escena para seguir con el concierto, que estaba más caldeado y animado que nunca. Siguió disfrutando hasta el fina donde quiso dedicarles la última canción. Antes de empezar a cantarla, una voz conocida a su espalda gritó.
- ¡¿No piensas esperarme, Bakanishi!?
- ¿Baka...? ¿Yamapi? - se giró en redondo. Solo ese chico le llamaba así. El chico de pelo moreno y rizado apareció tras él y subió las escaleras de la plataforma donde estaba subido.
- Lo siento, tenía que hacer esto - le dijo, dándole una palmada en el hombro -. No todos los días tengo la oportunidad de volver a cantar contigo.
- Estás loco, tú - sonrió el chico.
- ¿Es la última, no?
- Sí. Y te la sabes. No te equivoques, ¿eh? - le advirtió antes de que empezara la música.
- Déjamelo a mi - sonrió el otro chico.
http://rutube.ru/tracks/4507106.html?v=881db5fc9b17751c2d0c2e15b37e4a5e
El sonido del piano le hizo vivir un momento intenso. Todo se acumuló alrededor de su corazón y sintió que no tenía voz para cantar. La mano fuerte de su amigo en su hombro le ayudó a recordar que ellos siempre tenían voz y que siempre cantaban, a pesar de cualquier cosa. Que ellos eran quienes eran y eso nadie lo iba a cambiar. Mientras entonaba suavemente el principio de la canción metió la mano libre en el bolsillo de la cazadora y miró hacia la pantalla donde ambos salían. Al lado de la abertura po donde habían salido, los cinco chicos parecían esperarle, emocionados. Y una melena rubia junto a ellos. Sonrió sin poder evitarlo cuando ella levantó la mano suavemente para saludarle. Había ido. O tal vez siempre había estado allí. Sin que se diera cuenta, pasara lo que pasase y pesara a quien pesase, ella había estado allí. Siempre.