¿Lluvia? No, solo unas gotas rebeldes. Hacía tal vez años que no comía una manzana de caramelo. La herida de su labio le escocía, pero le daba igual. Volvió al hotel a la hora de comer. Quería volver a tumbarse sobre la cama y dormir para no volver a levantarse. Pero su representante le interceptó en el ascensor. Parecía de mal humor.
- ¿Qué he hecho ahora? - le preguntó, dándole un mordisco más a la manzana pinchada en aquel palo.
- Has salido en la televisión esta mañana.
- ¿Y?
- Intenté detenerte antes cuando saliste corriendo pero no pude encontrarte.
- ¿Qué han dicho de mi? Pareces preocupado.
El hombre le miró durante unos segundos, con cara de sorpresa.
- ¿Qué?
- ¿Desde cuando tú te preocupas por lo que me preocupa a mi? - le preguntó.
- Oh, genial. Tú también me ves diferente de lo que era antes o de lo que soy ahora o de...
- Bueno, da igual, Jin, la cuestión es que esta mañana saliste en la televisión en el telediario de por la mañana.
- ¿Telediario? - dijo él, saliendo del ascensor cuando llegó a su piso -. ¿Qué hago yo en el telediario?
- ¿Es que no te acuerdas? Jin, anoche hubo una pelea en el distrito de Shinjuku. Y tú estabas ahí.
- ¿¡Que qué!? No, espera, yo no me metí en ninguna pelea, es verdad que estuve allí pero no...
- Te acusan de pandillero, de violento y de alcoholico y mujeriego. Dicen que esto podría bajar tu popularidad y ya han puesto en marcha un programa especial para esta noche sobre tu vida, tus antecedentes y qué fue lo que pasó realmente la noche pasada.
- ¿¡Pero qué demonios es esto!? ¡Apenas acabo de llegar a mi país y mira lo que me están montando! ¡Es todo mentira, no te lo vayas a creer!
- Yo creo lo que tu me digas, Jin, confío en ti. Pero la audiencia lleva un tiempo viéndote diferente. Tu popularidad sigue por las nubes, claro, pero si ese programa vierte mierda sobre ti, no sabemos qué podrá pasar.
- Pero, ¿tienen pruebas? - preguntó, entrando en la habitación y tirando el palo de la manzana en la papelera.
- Dicen que te han visto. Que hay testimonios grabados por los investigadores del programa sobre tus juergas nocturnas - le informó su representante, entrando tras él y cerrando la puerta.
- Mierda... - susurró el chico, empezando a dar vueltas por la habitación como una fiera enjaulada.
- Entonces, ¿es verdad?
- ¡No! - gritó, frotándose el pelo, desesperado -. Es cierto que estuve allí tomando algo pero después volví, yo no tengo nada que ver con esa pelea, por favor, créeme.
- Te estoy diciendo que yo te creo, Jin. Pero la audiencia y tus fans son los que deciden.
- Joder, pero ¿por qué...?
- Alguien debió de verte y salió a contarlo. Solo se me ocurre eso.
- No tengo tiempo ahora de pensar en eso - susurró el chico -. Tengo que arreglar de alguna manera todo esto. Vamos a la cadena, por favor. Saldremos de alguna manera de esto, hablaré en el programa...
- Jin, por dios, ¿tú te has visto la cara? Realmente parece que te han dado una paliza.
El chico corrió al baño y se miró a espejo. Su labio partido estaba algo morado y en la frente quedaba una brecha también algo morada. Maldijo por lo bajo a Kazuya y volvió a la habitación.
- ¿Y qué hacemos?
- Iremos a la cadena igual. Pero ponte algo para evitar que se te vea. Nos meteremos en uno de los camerinos y veremos el programa desde allí. Tal vez podamos arreglar algo.
Sin poder decir nada más ante aquella locura, el chico se cambió de ropa y se puso una gorra y gafas de sol, intentando disimular su identidad. El representante cogió el coche y llevó al chico hasta la cadena de televisión, donde el programa estaba a punto de emitirse. El edificio era imponente. Había estado varias veces allí. Pero nunca antes le habían juzgado como iban a hacer aquella noche allí. Subieron al piso de los camerinos sin cruzarse con demasiado personal, lo que significaba que estaban a punto de salir al aire. Histérico el chico entró en un camerino vacío y su representante con él, quien cerró la puerta con llave y puso la televisión. Todavía daban anuncios.
- Acabo de ver a esos chicos - le comentó el hombre.
- ¿Ellos? ¿Qué hacen aquí?
- ¿Delatarte? - especuló el representante.
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- ¡Imposible! No digas bobadas - le espetó -. Ellos son... no son así - dijo al fin.
- ¿Seguro?
- Cállate, esto ya empieza - susurró, mirando atentamente al televisor.
El programa era presentado por un par de hombres a los que Jin personalmente odiaba. Eran los típicos presentadores de chismes y rumores que se metían en la vida de los demás para desprestigiarlos y tergiversar todo lo que pasaba en realidad. El chico se frotó las manos con fuerza. Aguantó durante todo el programa que hablasen de su vida, de su familia, de sus amigos, de sus gustos y de sus éxitos y fracasos. Gritó cuanto quiso al escuchar algunas mentiras bien gordas y se quejó de cómo trataban su intimidad, como si fuera un trapo viejo. ¿Para eso había trabajado siempre tan duro? ¿Para acabar así? Dejaron para el final el hecho de que había habido una pelea en la que se había visto involucrado. Dijeron más mentiras todavía. Cuando pensó que nada podría empeorar, pusieron un video que le dejaba a la altura de la mierda. Desesperado golpeó la pared un par de veces y volvió a gritar una sarta de insultos contra los directores de la cadena. Su representante había estado hablando con todos sus contactos para que cortasen el programa pero había sido imposible. El chico apoyó la frente en la pared y cerró los ojos con fuerza. La había cagado. Pero bien. ¿Qué iba a hacer ahora?
- Jin - le llamó el representante -, ¿quién es esa...? - preguntó, señalando la pantalla del televisor.
- ¿Esa? - musitó, girándose en redondo a mirar -. ¡¿Yarah?! - gritó.
- ¿Quién es?
El chico no contestó. Se sentó de un salto en el sofá y miró la pantalla con atención. La chica vestía como siempre, unos vaqueros y unas deportivas blancas, con una camiseta sin mangas azul y una camisa blanca atada solo a la cintura. Llevaba el pelo suelto y no llevaba las gafas puestas. Jin sintió un pálpito en el corazón. ¿No había visto su representante antes a los chicos allí? ¿Qué estaba pasando?
- Dinos, ¿quién eres? - la preguntó el presentador. Ella no parecía nerviosa en absoluto.
- Soy alguien cercano a Jin - se presentó -. Quiero dejar claro que solo soy alguien cercano, no quiero que salgan rumores raros de esto, ¿vale?
- Parece profesional - dijo el representante -. Sabe dejar las cosas claras.
- Cállate - susurró Jin.
Quería escuchar. Pero sospechaba que todo aquello era cosa de ellos.
- ¿Y qué has venido a contarnos?
- Jin no es quien habeis mostrado en esas pantallas. Él realmente es su música. Por eso estaría bien si la gente comprendiera su ambición por salir del país para mostrar su música al mundo.
- No estamos hablando de eso ahora, bonita - la atacó una de las colaboradoras -. ¿A qué has venido aquí exactamente?
- ¿Pero que se ha creído esa payasa para hablarle así a ella? - soltó Jin.
- ¿Quien es el que se tiene que calmar ahora? - le dijo el representante.
- He venido a decirles que Jin no es quien decís. Si lo que quieres saber es si Jin estuvo ayer metido en una pelea, te diré que es mentira, que no es así.
- ¿Y las heridas que tiene? ¿Cómo las justifica?
- ¿¡Qué!? ¿¡Lo saben!? - gritó Jin -. ¿¡Cómo!?
- Las camaras de seguridad - susurró el representante -. Nos grabaron al entrar. Sabían que vendríamos, joder.
- ¿¡Y ahora qué, eh!? ¡Vamos, salgamos al plató o algo, por dios! ¡Se la van a comer viva!
- Fue culpa mía - contestó la chica -. Anoche quisimos rememorar cuando éramos más pequeños. Asi que estuvimos jugando al Twister. No se si conocerán ese juego, en el que hay que poner las manos y los pies en los colores del suelo - intentó explicar.
- Sí, sabemos - la cortó la colaboradora.
- Pues, mi apartamento es pequeño. Por lo que en una caída, Jin se golpeó en la frente y tiene una brecha. Y también el labio. Eso fui yo con el codo al caer sobre él.
- ¿Pero que sarta de mentiras está contando esta chica? - preguntó el hombre.
- Las mentiras que van a salvarme, así que cállate - susurró Jin, sin poder apartar los ojos de ella.
- ¿Eso puede ser?
- Yo misma me disloqué el codo ayer. Tengo el parte médico, por si quereis verlo.
La chica le tendió al presentador un papel y tras echarle un vistazo, admitió que era real.
- Entonces, ¿aseguras que estuviste con él?
- ¿Cómo se sino dónde están sus heridas? - interrogó ella.
Miró a la colaboradora, con una sonrisilla de superioridad que hizo que Jin sonriera también.
- ¿Algo más?
- Sí - siguió la mujer, con ganas de encontrar algo raro en el testimonio de la chica -. ¿Por qué no ha dado él la cara hoy aquí?
- Mierda - soltó el chico -. Tengo que salir.
- No - le detuvo el representante -. Si ha sido capaz de defenderse ella sola, lo será hasta el final.
- Pero...
- Aguanta, Jin. Y mírala.
La chica se levantó y caminó por el plató. Como si lo hubiera hecho toda la vida.
- ¿Qué hubiera pasado si Jin hubiera salido aquí con las heridas en la cara, eh? - les preguntó a las chicas de la primera fila del público -. Si él aparece con las heridas después de nuestro pequeño accidente pero con estas especulaciones tan graves sobre él, ¿qué hubierais pensado? ¿Le hubierais dado si quiera una oportunidad de explicarse? Y lo más importante, si alguien como Jin cuenta esto de un simple accidente con un juego de crios, ¿le hubierais creido?
Nadie respondió. Nadie dijo nada. El silencio se volvió incómodo. Ella se sentó de nuevo y miró a la colaboradora.
- ¿Y usted? ¿Le hubiera escuchado? ¿Le hubiera creído?
- Si tuviera pruebas...
- ¿De qué? ¿De mi codo dañado? ¿Iba a contaros esta prueba que es la única que tiene sin desvelarme a mi a vuestro conocimento? Él se vuelve loco con estas cosas, se confunde y le duele no saber por dónde salir y qué decir. Por eso no es justo algo como esto contra él.
- ¿Y necesita que tu le protejas? - la espetó.
- Yo no protejo a nadie - corrigió ella -. Solo cuento la verdad. Porque conozco a esa familia. Conozco a ese chico cabezota pero buena persona con amigos que le quieren. Y no quiero que digan mentiras sobre ellos si yo personalmente puedo evitarlo.
La colaboradora no dijo nada más. Yarah la miró fijamente y luego se volvió hacia el presentador, quien no había podido detenerla ni alegar nada en contra de ella.
- ¿Algo más? - preguntó de nuevo.
El programa terminó. Jin suspiró. Los aplausos para la chica llovieron e inundaron el plató mientras ella se levantaba y saludaba antes de irse. Le había salvado realmente la vida. Apagó el televisor y se levantó.
- Estamos salvados.
- Y es gracias a ella - admitió Jin -. Tengo que encontrarla y...
Abrió la puerta se encontró en el pasillo con ella. Y con los cuatro chicos a su alrededor. La felicitaban por el trabajo mientras ella sonreía. Hacía años que no la veía sonreír. Quiso caminar hacia ellos y sonreírles como siempre. Pero algo le detuvo. La sensación de que no tenía el derecho a sonreír con ellos. Al parecer era cierto que ellos la habían instruido para salir en aquel programa para salvarle. Y por eso parecían tan felices. Por haberle ayudado a pesar de no haberlo pedido y de no merecerlo. ¿Por qué? ¿Por qué tenía esa sensación de angustia en el pecho? ¿Por qué se sentía tan solo a pesar de estar a unos metros de los que fueron sus fieles amigos?
- ¿Por qué? - preguntó en voz alta -. ¿Por qué lo habeís hecho?
- Eso no es algo que debamos decirte. Es algo que tenías que saber ya - susurró Kazuya.
La chica le miró entonces. Señaló los lugares donde estaba herido en su cara y susurró "cuídalas". Él dio un paso hacia ellos pero Yarah se dio media vuelta y salió del pasillo. Ellos le miraron, los cuatro a la vez. Y luego solo bajaron la cabeza. Como si estuvieran esperando. Pero también se fueron. Desaparecieron de su vista, dejando esa sensación de vacío permanente y oscuro. Como si nunca hubieran estado allí. Como si aquello, no fuera Tokyo.
Jugaba su mano más importante. Si ganaba, dispararía. Sin perdía, tendría que quitarse la camisa, cosa bastante molesta si tenía que salir corriendo después de disparar. La cuestión es que en cualquiera de ambas, dispararía. Era lo que tenía la conciencia del asesino a sueldo, que los remordimientos no eran para él. Pero sus ojos estaban fijos en la mujer en ropa interior negra frente a él. Estaba loca. Y condenada si descubrían que era policía. http://www.youtube.com/watch?v=GE_4RtpVVaw
Él no podía protegerla siempre y menos ahora que le odiaba por haberse enterado de a qué se dedicaba. Ella parecía concentrada en que el hombre que era su objetivo se fijase en su encanto de puta. Qué bien actuaba cuando quería la muy estúpida. Cogió una carta más. La mano mejoraba. Esperó al siguiente turno pero ella se le adelantó. Lanzó las cartas sobre la mesa con rabia. El hombre que estaba presidiendo el juego empezó a reirse y con un solo gesto de su mano, el resto de hombres abandonó el salón, dejándoles solos. Mala señal. El bastardo quería jugar. Él se levantó también para abandonar el salón pero la sujetó por la muñeca y la llevó tras la cortina del lugar.
- ¿Qué haces? - susurró ella.
- Sal de aquí. Ya.
- ¿Qué dices? Ya le tengo. Solo tengo que jugar con él un poco y arrestarlo.
- ¿Tu no lo entiendes, verdad? - la musitó al oído -. No es solo jugar lo que quiere, morena. ¿No sabes lo que hace con sus putas?
- ¿Las viola? - preguntó, como si fuera algo obvio.
- Y las marca, las droga, las lastima y... - acarició su rostro lentamente, como si fuera la última vez que iba a hacerlo - las mata.
- No me vas a arruinar la intervención, Sho - le cortó, apartándole de un manotazo.
- Solo quiero que vivas - la dijo. - No es algo que le tenga que preocupar a un asesino, ¿no crees? - siseó.
- ¿Tienes pruebas de lo que estás diciendo?
- Las tendré. Y sino, te mataré por engañarme y por todo lo demás - susurró, con fiereza en los ojos.
- Entonces te convertirás en alguien como yo - dijo, con una media sonrisa torcida que tantas veces la había hecho enloquecer.
- Lárgate - le empujó lejos de ella, volviendo a entrar en el salón.
- No siempre estaré para cuidar de ti - la advirtió.
- No necesito que me cuides - aseguró -. Puedo hacerlo yo sola.
El chico la vio entrar mientras se ponía la chaqueta que se había quitado en aquel estúpido juego de poker y se la colocó.
- Podrías - susurró -, si no te hubieran engañado ya, pequeña.
Sin esperar a nada más, salió del recinto y empezó a curiosear por todos lados. Había algo que le inquietaba y no pensaba largarse hasta que aquella sensación desapareciera.
Movió su cuerpo para los ojos lascivos de aquel viejo. Realmente odioso. Pero la imagen de los ojos del chico recorriendo su cuerpo mientras se movía, esas pupilas claras clavadas en cada curva de su piel la hizo sentir tranquila, incluso encendida. No podía dejar de moverse mientras imaginaba la sonrisa del pelinegro mientras la comía con sus ojos y se relamía los labios por probarla. Supo que algo no iba bien cuando aquel deseo irracional empezó a nacer en su pecho y a recorrer su cuerpo como si él de verdad la estuviera tocando. Quiso detenerse pero no pudo, su cuerpo se movía solo y pedía a gritos que la tocasen. Cerró los ojos un momento y se dejó caer sobre la cama al lado del hombre. Sin darse cuenta comenzó a jadear suavemente. Era porque la tocaban. Pero no solamente un par de manos. Eran más. Tenían que ser más para hacerla experimentar aquellas sensaciones tan brutales que rozaban el dolor. Aquello no era normal. Y tampoco era un sueño. Buscó con la mirada perdida cualquier signo de que estaba bien, pero el dolor mezclado con el placer nublaron de nuevo su capacidad de juicio, haciéndola gritar entre gemidos de dolor. Pidió que se detuvieran. Pero su voz no se escuchaba entre la sarta de burradas que decían sobre ella. Quiso defenderse. Pero la fue imposible moverse. Sentía el sudor recorrer su cuerpo, las sábanas pegarse a ella mientras un montón de pieles que no eran las del chico de ojos claros la rozaban de forma lasciva y caliente, brusca y forzada. Sintió que su pecho iba a reventar cuando todo se detuvo tras un ruido sordo.
- ¿¡Qué pasa!? - gritó uno de ellos al ver a su compañero tirado en el suelo.
- Apartad las manos de ella - siseó, disparando al que estaba sentado cerca del rostro de la chica y aún rozaba su cuerpo.
- ¿Qué buscas con esto, muchacho? - preguntó el mafioso, sin alteración aparente pero realmente asustado -. ¿Trabajo?
- Tú eres mi trabajo - dijo, apretando de nuevo en gatillo.
Su respiración agitada se confundió en sus oídos con el resto de sonidos que había en la habitación, los cuales no reconoció. Tardó un rato en sentir las manos que la estaban tocando de nuevo. Abrió los ojos cuanto pudo. Pero le reconoció por el tacto. Y por el olor.
- Sho...
- Te dije que no te dejarían vivir - susurró -. Te dije que te matarían.
- ¿Qué... por qué... vuelto...?
- Porque sabía que te habían engañado y te habían drogado hasta el punto de hacerte perder el conocimiento.
- No... yo... - intentó decir.
- Cállate.
- ¿Muertos...?
- Todos - confirmó, mientras se quitaba la chaqueta y la camisa y la vestía con ésta última, antes de volver a ponerse la chaqueta sobre su cuerpo desnudo -. Te llevaré, solo por esta vez.
Cuando cogió a la chica en brazos se dio cuenta de que se había desmayado. Suspiró y salió de aquel tugurio con ella en brazos, ante la mirada que nada le importaba de algunos borrachos que andaban por allí bebiendo como descosidos. Tumbó a la chica en la parte trasera del coche y al subir por el lado del conductor, arrancó. Su casa quedaba bastante lejos y no es que fuera una noche precisamente calurosa, pero abrió las ventanillas para ver si en ese tiempo la chica espabilaba un poco. Un rato después, la sintió moverse. Miró de reojo un par de veces y la vio revolviéndose, frotándose contra el sillón y jadeando. Maldijo por lo bajo. Seguía bajo los efectos de las drogas afrodisíacas. Eso era lo peor y más para alguien no acostumbrado a tomar la cantidad que aquel tipo debía de haberle proporcionado. Incapaz de escucharla jadear de dolor y seguir de piedra, el chico paró el coche en un callejón y apagó el motor. Se metió en la parte trasera del coche e intentó acercarse a ella. Vio un par de quemaduras de cigarrillo en sus brazos y en sus hombros, que quedaban algo descubiertos a causa de los movimientos que la chica estaba haciendo. Se agachó sobre ella y lamió las heridas intentando calmar la quemazón. Pero ella seguía gimiendo.
- Tócame - le rogó.
- Izumi... - susurró. Nunca la había oído hablar con aquel tono desesperado y lascivo.
- Sho - lo llamó ella, moviéndose con suavidad para acercarse a él y provocarlo.
Ella se enganchó a su cuello y lo lamió, enredando las manos en su pelo. Entonces él subió a la chica sobre sus caderas, de espaldas a él. Despacio pero sin recato, empezó a tocar cada punto sensible de su cuerpo con insistencia y experiencia, mientras ella se amarraba a su chaqueta y gemía inconscientemente, sin poder evitarlo. Intentó cansarla para que volviera a dormirse al menos hasta que llegasen a su apartamento. Pero al final después de un buen rato sin apartar sus manos del cuerpo de la chica y escuchándola gritar su nombre como una posesa, se dio cuenta de que aquello no bastaría para menguar los efectos de la droga, por lo que después de un último orgasmo de la chica cuya cuenta había perdido, el chico volvió al asiento del conductor y arrancó otra vez. Cuanto antes llegara a casa antes la metería en la ducha con agua fría. Pero tenía un nuevo problema. El hacerle aquello en ese asiento trasero la había despertado en lugar de cansarla y ahora buscaba su cuerpo como una desesperada. Pasó los brazos por detrás del asiento y empezó a meter las manos bajo la chaqueta del chico mientras le mordía la oreja con lascivia.
- Para - le susurró -. Hagámoslo aquí - sonrió, ronroneando.
- Ni de coña. No más. En mi coche, más, ni lo sueñes - dijo, frío, apartándola bruscamente. O se estrellarían contra la primera farola que hubiera en el camino -. Además, soy un asesino y tu me odias - la recordó.
- Pero te necesito... - dijo en su oído - Sho.
Aquella forma tan sensual de llamarle le mataba. Aceleró. Antes de detenerse y de verdad permitir que le controlara el deseo de aquella manera. Tardó lo que le parecieron eternidades en llegar y apenas bajó del coche la chica estaba fuera empezando a desnudarse. Con cuidado la cogió en brazos para evitarlo y la subió hasta su apartamento. Parecía mentira que fuera a ser la primera mujer en entrar en aquel lugar. La mansión la habían pisado muchas mujeres. Su pequeño rincón de luz en el mundo, ninguna. Apenas llegó arriba intentó quitarse los zapatos pero ella se empezó a revolver hasta hacerle caer al suelo bajo ella. La chica ignoró sus sonidos de dolor por el golpe y empezó a lamerle la oreja mientras arrancaba el botón de su chaqueta y comenzaba a deslizar sus manos por el torso del chico. Él intentó quitársela de encima pero fue imposible sin hacerla daño. ¿Desde cuando tenía tanta fuerza? Pensó en cerrar los ojos y dejarse llevar. Pero él nunca hacía eso. Aquella no iba a ser una excepció. Intentó de nuevo detenerla y esta vez lo consiguió, obligándola a mirarle. Sus ojos estaban ligeramente rojos, su respiración era irregular, llena de jadeos roncos y su cuerpo ardía. Sintió algo de pena al ver a una criatura hermosa como ella en aquel estado tan lamentable.
- ¿Confías en mí? - la preguntó.
- No estaría intentando desnudarte para acostarme contigo si no fuera así - susurró, sonriendo como una tonta a causa del efecto de las drogas.
- Qué pena que tengas que estar drogada para decir esas cosas - suspiró él -. Entonces está bien. Voy a hacerte el amor hasta que no puedas más y se te quite la estupidez de encima. Voy a hacerte gritar mi nombre y gemir llena de sudor entre las sábanas de mi cama - siguió, abrazándola para que sintiera que no mentía -. Pero con una condición.
- ¿Qué más quieres de mí? - ronroneó ante su abrazo, buscando de nuevo atacar a su cuello -. Ya lo tienes todo.
- No hagas esto con nadie más - la pidió -. O me volveré completamente loco.
La chica soltó una carcajada y le besó de forma pasional y profunda. Saboreó sus labios mientras él dio por sentado que aceptaba la condición y empezó a explorar de nuevo su cuerpo bajo la camisa de seda blanca. Se puso en pie como pudo y tropezando con las paredes pero sin dejarla caer al suelo y ella sin abandonar su boca un solo instante, mordiéndole y lamiéndole sin cesar, intentó llegar a la cama para tumbarla y posicionarse sobre ella, aunque la chica no le dejó hacerlo, buscando ser ella quien dominara su cuerpo aquella noche. Nunca pensó en dejarse solo llevar. Pero lo hizo. Aquella noche de luna menguante y nubes negras en el cielo, lo hizo. Permitió que fuera ella quien se entregase a él y no él quien tuviera que jugar con ella para que lo hiciera. Solamente aquella oscura y fría noche.
Él no entendía que era exactamente lo que aquella mujer provocaba en él, qué era lo que tenía para cautivarle de aquella manera incluso cuando se enfadaba con él. Solo sabía que no era alguien a quien podía perder.
Estornudó. Se agazapó más bajo la manta y siguió mirando la tele apagada. Estaba cansada. La voz de Jin inundaba toda la habitación con suavidad. Lo imaginaba acariciando el micrófono con aquella pasión que algún día había dejado en el escenario, dándolo todo con el alma latiendo en cada palabra de aquellas canciones que él mismo había compuesto de su puño, letra y corazón. Pero ahora todo era diferente. Su voz era fría. Sus sentimientos habían sido encerrados en algún lugar al que ella parecía no tener acceso. No era él. No su él.
http://rutube.ru/tracks/4507106.html?v=881db5fc9b17751c2d0c2e15b37e4a5e
Llamaron a la puerta con suavidad. El chico de ojos claros miró a los otros tres chicos. Ninguno parecía convencido de lo que estaba haciendo. Por alguna razón, todo aquello era extraño. Diferente a como debería ser. Su voz les dejó pasar. Ellos entraron.
- Jin - dijo el chico más alto, con su siempre sonriente rostro -. Has vuelto.
- No para quedarme, desde luego - dijo el chico, dándole un sorbo más a su copa. Desde que había llegado esa mañana borracho de tabaco y apestando a alcohol no había salido de la habitación -. Veo que estais bien.
- ¿Eso era lo que te interesaba?
- Koki - susurró Nakamaru -. Tú también pareces estar... bien.
- Lo estoy, por supuesto que lo estoy. Aquello es un mundo diferente al vuestro.
- Nosotros estamos muy bien en nuestro mundo, Jin - contestó el chico de ojos claros -. Y si nos has llamado para restregarnos tu fama estadounidense donde las mujeres pierden las bragas por ti, permite que al menos yo, me vaya.
- Kazuya, por favor, no sabía que guardaras tanto rencor contra mi - se medio mofó.
- Yo tampoco pensé que llegaría a odiarte - le soltó -. Pero Yarah...
- Ya estamos otra vez con la mocosa - soltó.
- ¿¡Mocosa!? ¡Jin, lleva casi dos años esperando a que volvieras! ¡Esperando durante meses frente al teléfono móvil por una llamada, frente al buzón por una puta carta! ¡Y tú tocandote los cojones en América! ¿Como quieres que no te odie?
- Nunca os hice nada malo a vosotros. No entiendo tu odio.
- ¿Por qué has cambiado tanto? - preguntó entonces Koki -. No sabes lo que estás diciendo, Jin.
- ¡No me trateis como un demente! Esto es una locura, yo no debería estar aquí. Vine a Japón para cumplir con las fans y esto es lo que obtengo. Solo estoy deseando volver a marcharme - aseguró, caminando hacia ellos -. No sabeís el peso que me quité de encima al largarme y no volver a ver vuestras caras - siseó frente a Kazuya -. Tu estúpida faceta de líder, las tonterías del rapero rebelde sin sentido, las caras del imbécil que dice hacer beatbox y las gilipolleces del mocoso este de metro ochentaidos que no puede parar ni un puto momento de correr y tocar los cojones con sus bromas que nunca tuvieron una pizca de gracia - soltó de golpe, sintiendo lava recorrerle las venas.
¿Por qué estaba diciendo todo aquello? Esas cosas que decía odiar le habían dado la vida años atrás, le hacían sonreír y ser parte de un algo maravilloso que él adoraba. Y ahora lo volvía todo en su contra. ¿Eso quería decir la chica cuando se refería a que ahora él no era Jin? La fuerza de Kazuya le contestó. Un puñetazo directo a su rostro le hizo alejarse y tirar el vaso al suelo hasta hacerlo pedacitos. Con rabia, se lanzó contra el chico para golpearle y forcejearon. Los otros tres empezaron a gritar para separarlos. Jin cayó al suelo con el otro encima, que empezó a golpearle en la cara sin parar hasta que Koki y Junno lo amarraron por los brazos para alejarle del chico que se retorcía en el suelo.
- ¡Eres un maldito cabrón, Jin! ¡Toda tu vida lo único que tuviste fue a nosotros! ¡No te mientas a ti mismo, sabes que tú no eres asi! ¡Puedes ser como eres, no como te dicen que seas en ese país que tanto dices adorar! ¡Despierta de una vez!
- ¡No te atrevas a darme órdenes! - le gritó él, poniéndose en pie -. ¡Tu no tienes ni idea de lo que he pasado para llegar hasta donde estoy ahora!
- Yo se lo que ha pasado Yarah y si la querías tanto como ella a ti, entonces sé lo que has sufrido. ¡Pero la culpa es solo tuya! - le gritó, zafándose del amarre de sus dos amigos.
- ¡Cállate ya, maldita sea, no me sermonees!
- ¿¡Que pasa!? ¿¡Duele escuchar la verdad, a que sí, Jin!?
El chico se lanzó de nuevo contra Kazuya pero Junno se puso en medio. Jin no pudo detenerse y golpeó al chico alto, que cayó al suelo sobre el cristal del vaso roto, emitiendo un sonido de queja y dolor que no llegó a ser un grito.
- ¡Junno! - gritó Koki, tirándose a su lado para cogerle la mano y mirar la herida -. ¡Estás sangrando!
- Estoy bien - susurró.
- Sí, con lo aprensivo que eres con la sangre, estás bien - dijo Nakamaru, acercándose -. Tienes unos cuantos cristalitos clavados. Te los voy a sacar, ¿vale?
El chico asintió con la cabeza mientras Nakamaru, con gran maestría, cogía uno a uno los cristales que el chico tenía incrustados en la palma de la mano y los sacaba con suavidad. Jin solo pudo mirar mientras Kazuya cogía unas cosas del baño, claramente equipado para todo, y se las acercaba. El chico sintió un nudo en el estómago. La sola idea de no volver a escuchar a aquel descerebrado decir tonterías le hizo sentir pánico.
- Junno - susurró Kazuya, a su lado -. Lo siento.
- No es culpa tuya - sonrió, como hacía siempre -. Ni de nadie - añadió, levantando la vista hacia Jin -. Entiendo que todo este tiempo hayas cambiado. Porque necesitabas protegerte de cuanto te estaba sucediendo. Porque tenías miedo. Pero ya se acabó - siguió hablando, mientras Nakamaru le vendaba las heridas después de poner puntos de los de pegar -. Ahora estás en casa. Nos tienes a nosotros. No necesitas levantar esa barrera que tienes encima que hace que te odiemos. Las fans te ven como siempre porque esa faceta de frío te hace ver más fuerte. Pero solo logras alejar a los que te quieren de ti. Y eso te hace débil, Jin. Piensa un poco, por favor.
- Quiero que todo vuelva a ser como antes - dijo entonces Koki -. Se que no volverás. Pero al menos déjanos estar contigo en esto, apoyándote cuanto podamos a pesar de la distancia.
- Siempre serás uno de los nuestros, Jin - dijo Nakamaru al acabar con la mano del chico -. Eso no puedes olvidarlo.
- No - cortó -. Terminé con mi vida aquí para empezar de cero. Los sentimientos solo son...
- ¿Un lastre? - le interrumpió Kazuya, levantándose a encararle. Junno le sujetó de la mano, levantándose también, pero el chico negó con la cabeza, como si quisiera decir que no le golpearía otra vez aunque se quedara con las ganas. Volvió la cabeza para mirar al chico -. ¿Eso es lo que te enseñan en América, Jin?
- Esa es la verdad que he tardado en reconocer. La ambición y la fama es lo único que necesito - dijo, con voz convencida, o al menos, tratando de que lo pareciera.
- Te mintieron, Jin. Te contaron patrañas y mentiras. Porque eso no es verdad. Los sentimientos son tu musica. Son nuestra música. Sin ellos, no seríamos nada. No eres solo una cara bonita con una voz fabulosa, Jin. Eso es en lo que te han convertido. En una máquina de hacer dinero. Pero nosotros no somos así. Y tú formas parte de nosotros y siempre lo harás.
- Deja de prometer cosas que...
- No son promesas, son verdades - le cortó -. Deja de engañarte a ti mismo y de hacer daño a los demás. Recapacita. Y recuerda quién eres. Quién eres de verdad, Jin.
La mirada de Kazuya le atravesó, dejándole sin palabras. Las caras de aquellos chicos a los que tantas veces había echado de menos se le clavaban por alguna razón en el pecho, haciendo que doliera.
"Amo tus canciones porque expresan lo que yo recuerdo que tú eras. Pero no me pidas que te ame. Tú no eres el Jin del que me enamoré."
Yarah. Sus ojos habían sido como rayos del sol entrando por la ventana cada mañana. Pero él los había convertido en nubarrones oscuros que cerraban el cielo de sus sentimientos y hacían que lloviera la tristeza en su interior. Ella era como el sol alrededor del cual todo él giraba. ¿Tanto podía haber querido a una persona? ¿Tanto la había querido a ella? Si era así, ¿por qué todavía reprimía esos sentimientos en su interior? Las voces de sus compañeros americanos le repetían una y otra vez aquellas lecciones que debía seguir para triunfar. Una de ellas, tal vez la más importante, era olvidar de donde venía y dejarse llevar por la ambición. ¿Pero hasta donde debía llegar para lograr lo que quería? ¿Es más, hasta dónde estaba dispuesto a llegar y qué estaba dispuesto a perder para ello?
Con mil preguntas sin respuesta dándole vueltas en la cabeza, el chico abrió la puerta de la habitación y salió corriendo. Bajó las escaleras de dos en dos, tropezando de vez en cuando y sabiendo que ninguno le seguiría. Salió del hotel sin un rumbo fijo bajo el oscuro cielo de Tokyo a las dos de una tarde que se presentaba fría y solitaria como aquel maldito año y medio bajo un cielo sin estrellas en la paradisíaca y carcelaria ciudad de Los Ángeles.
Abrió la puerta y tiró las llaves sobre la mesilla. Dejó el bolso en el suelo y se quitó los zapatos rápidamente. La bufanda blanca que llevaba la colgó en el perchero junto con el abrigo y entró en casa, directamente a sentarse en el ordenador. Tenía qe terminar el reportaje para el día siguiente. Se puso las gafas y empezó a teclear con fuerza en el ordenador. Miraba el móvil de reojo de vez en cuando. Era una costumbre. Aunque sabía que no iba a sonar. Al menos, no por él. Horas más tarde, cuando pudo levantarse de la silla, se estiró como hacía siempre y miró el reloj. Hora de comer algo. Abrió el frigorífico y sacó un sandwich que le había quedado de la noche anterior. Como solía comer fuera con diferentes personas a las que debía entrevistar, o con su jefa y compañeras de trabajo, no es que hubiera demasiada comida en el frigorífico. Mientras lo abría, cogió el mando y puso la tele. Le dio la espalda y solo escuchó a la vez que sacaba agua fría.
"El cantante que ha vuelto hace dos días ha salido esta mañana a presentar su nuevo disco aquí en nuestro país. Akanishi Jin, él ha sido la gran estrella japonesa que ha triunfado en Estados Unidos desde hace un año y medio y que ahora está aquí para ..."
http://www.youtube.com/watch?v=6wp2AJpC-eQ
El vaso que sujetaba se hizo añicos contra el suelo. La chica corrió hacia el salón y miró la pantalla de la televisión. ¿Estaba en Japón? ¿Desde hacía dos días? Había vuelto. Miró su imagen en la pantalla. Vestía de negro, como siempre. Con un sombrero negro con grabados en plateado. Pero había algo en sus ojos que la dio escalofríos. Se sentó en el sofá y apagó la televisión. Dos días en Japón. Y ni una llamada. Con un nudo en el estómago dejó el sandwich sobre la mesa y volvió a ponerse el abrigo. Metió las llaves en el bolsillo y sin bolso ni nada más, abrió la puerta para salir a dar una vuelta en aquella fría noche. No era él quien esperaba tras ella. Un hombre con traje y corbata esperaba en la entrada.
- ¿Quién es usted?
- ¿Señorita Yarah?
- Sí, soy yo - contestó -. Lo siento pero estaba a punto de salir.
- He venido a buscarla. Me envía Jin.
Ella le miró fijamente. ¿Qué estaba pasando?
- ¿Jin? ¿Por qué? - Quiere verla. - ¿Y por qué no ha venido él mismo a buscarme? - quiso saber.
- Ahora mismo la está esperando en su hotel - contestó el hombre.
- ¿Cómo? -susurró -. O sea, después de año y medio sin dar señales de vida soy yo la que tiene que ir a verle a él en vez de ser al revés. ¿Pero qué está pasando aquí?
- Si me acompaña, podrá hablarlo con él.
- Pues claro que tengo que hablar con él - susurró -. Pero iré yo sola - dijo de pronto.
De reojo, había visto una limusina esperaba abajo. La chica no estaba cómoda de esa manera. Todo era demasiado frío, era extraño. Pasó al lado del hombre, que no la detuvo, y echó a caminar hacia el hotel que había visto en la televisión. Su cabeza daba vueltas. ¿Qué había pasado? ¿Por qué no había sabido nada de él más que por las noticias que veía de vez en cuando? La preocupación la había llegado a tener noches sin dormir al principio. Pero cuando se dio cuenta de que Jin parecía tener mejores cosas que hacer con aquellas chicas con las que salía en fotos, su preocupación cambió a rabia y a enfado. Quiso dejarlo de lado y empezar otra relación. Se mintió a sí misma. No pudo. Pero aprendió a vivir sin él. O al menos, eso creía.
Al llegar a recepción, un buen rato más tarde, preguntó por él. Evidentemente no iban a dejarla pasar, como si pudieran dejar pasar a todas las fans. Pero aquel hombre con traje la salvó alegando que Jin la esperaba. Él la acompañó hasta la habitación y tocó la puerta. Al escuchar la voz de él desde dentro sintió palpitarle el corazón. No otra vez. Cogió el pomo de la puerta y abrió. La fama del hotel no era en vano. Aquello era lo más lujoso que había visto nunca. Una habitación prácticamente más grande que su propio apartamento. Aún sin palabras, le vio salir del baño con un albornoz blanco y una toalla secándose el pelo.
- Yarah.
Oír de nuevo su voz después de año y medio susurrando su nombre la hizo dar un ligero bote.
- ¿Desde cuando usas albornoz? - susurró ella -. No he venido porque quisieras verme, que quede claro - dijo ella -. Solo quería preguntarte por qué.
- No tengo que darte explicaciones - dijo él, sentándose en el sofá.
- ¿Cómo que...? Llevas un año y medio sin dar señales de vida, sin que supiera nada de ti, si estabas bien, si todo iba bien, si...
- ¿Nunca ves las noticias? Salgo a menudo - la cortó él.
- ¿De qué me estás hablando, Jin? El chico se levantó y se acercó a la ventana para mirar afuera. La torre de Tokyo se veía desde allí, iluminada.
- Vuelves a Japón y no me llamas ni siquiera para contármelo. No me hablas, no me escribes, no te acuerdas de mí. ¿Por qué querías verme?
- Precisamente porque no te he escrito ni llamado, quería verte.
- ¿Y por qué no has ido a mi casa a buscarme? Te dije que te esperaría.
- No puedo dejar que me vean en un barrio como el tuyo, Yarah - dijo, con tranquilidad. La chica sintió que los oídos la dolían y el pecho quería explotarle. Se estaba aguantando las ganas de abofetearlo.
- Qué egoísta - soltó ella -. ¿Desde cuando eres asi, eh?
- ¿Pensaste que nada cambiaria, Yarah? Todo es diferente.
- Sí, demasiado por lo que veo.
- Fue culpa tuya. Te dije que vinieras conmigo.
- Trdabas en echármelo en cara - susurró -. Decidí quedarme porque confié en ti. Porque decidí esperarte. Tenási que recorrer tu camino tu solo, empezar conmigo al lado hubiera sido el camino fácil. Y si yo faltase alguna vez o pasara cualquier cosa todo sería peor para ti. Por eso decidí quedarme, Jin. Pero pensé que serías fuerte para soportarlo. Tal vez me equivoqué.
- No, las cosas me han ido muy bien. Ahora soy alguien importante entre los cantantes norteamericanos, me aprecian y me gusta estar allí. No puedo dejar que una visita a Japón arruine mi imagen allí. Pero lo que siento por ti no ha cambiado.
Se acercó a ella y la abrazó. Pero ella se separó de él de forma algo brusca. Lo hizo sin pensar. Odiaba que la abrazase alguien a quien no reconocía a pesar de amarle con cada fibra de su ser. La mirada del chico fue entonces fría. Sintió que, por un instante, le odiaba.
- No tienes derecho a decir que sientes lo mismo por mi - le dijo -. ¿Qué te ha pasado, Jin? ¿Por que no eres el de siempre? - susurró.
- Lo soy. Vamos, déjame abrazarte - la pidió, dando otro paso hacia ella.
- ¡No! ¡Tu no eres el Jin del que me enamoré!
- ¿Qué?
- Eres frío, egocéntrico, superficial. Te olvidas de mi durante casi dos años, vuelves y no me llamas si quiera y ahora dices que sientes lo mismo por mi. ¡No mientas! Ahora creo que es imposible que tú puedas sentir algo. Dudo que ni siquiera me hayas querido - musitó, dándose media vuelta para salir.
- ¿Quieres que te lo demuestre? - la preguntó, amarrándola con fuerza de los hombros.
- ¡Suéltame!
Como por acto reflejo, le golpeó en la mejilla con la mano. Él se quedó parado y la miró, con ira y odio en los ojos. Ella tembló.
- Jin...
- ¿Como te has atrevido a golpearme? - siseó -. Eres una desagradecida, Yarah. Vuelvo aquí, a verte y me haces esto.
- No estás aquí por mí - susurró ella -. No quieres nada más que alguien en tu cama mientras estés en este país del que te has olvidado, ¿no es así? - dijo, con la garganta seca -. Yo no seré tu puta, Jin.
- Habría miles de mujeres esperando para entrar en mi cama - presumió.
- Entonces elige a una a dos o a cientos entre esas miles. Pero yo no estoy entre ellas. Soy tu fan. Amo tus canciones porque expresan lo que yo recuerdo que tú eras. Pero no me pidas que te ame. Después de lo que me estás demostrando... ya no...
- ¿Tanto dices que he cambiado? A la gente le gusto así - la espetó.
- ¡Pues a mi no! ¿Qué te importa más? ¿Gustarle a la gente o gustarte a ti mismo, eh?
- No dices más que tonterías - soltó él.
- Antes ibas por casa con una sola toalla en la cintura y no pasaba nada - dijo, acercándose a él y arrancándole el albornoz cuanto pudo -. Dormíamos en una cama el doble de pequeña pero daba igual, incluso adoraba el olor a tabaco de tu piel cuando fumabas demasiado y tu me pedías perdón por hacerlo. Todo eso es lo que has perdido al subir al avión para Estados Unidos. Y veo que no lo recuperas ni aún pisando Japón. Tú no eres el Jin del que me enamoré - repitió -. Asi que no vuelvas a buscarme. No quiero tener nada que ver contigo - susurró.
Sus ojos pedían a gritos llorar pero se contuvo. Dio media vuelta y amarró el pomo de la puerta antes de que él intentara detenerla. Salió corriendo, bajando las escaleras de los ocho pisos del hotel y salió rápidamente bajo la lluvia que había empezado a caer.
Jin miraba las gotitas de agua en el cristal con una copa en la mano y un cigarrillo en la otra. ¿Qué había sido todo aquello? ¿Qué se había revuelto en su firme interior? Empezaba a sospechar que su representante lo había hecho a propósito para joderle. Dio un largo trago al whisky y se vistió para salir. Quería visitar los peores antros de Tokyo buscando ahogarse en alcohol y tabaco. Como hacia siempre con sus compañeros en Los Ángeles para olvidar.
Miró las cartas. Sonrió de lado. Sus ojos se fijaron penetrantes en los de la chica, perdidos en su mano de la baraja. Y luego, disimulados, bajaron por la piel blanca de ella hasta la prenda negra con encaje que cubría su pecho. Aquello había sido más divertido de lo que pensaba.
Llevaba tiempo aguantando a aquella chica y había algo en ella que le pedía cariño, que se lo daba también a cambio y que le consentia tal y como era, que le odiaba tal y como era y que le quería por ser quien era y no quien aparentaba ser.
- Creo que vuelvo a ganar - ronroneó, enseñando sus cartas. Ella le miró. Aquellos ojos relucían. No estaban oscuros y desesperados como cuando había llegado a casa esa noche. Ya no querían llorar. Solo querían mirarla. Odiaba que la mirase. Y más así. Pero prefería eso antes que no ver sus pupilas brillar.
- Estás haciendo trampas - sentenció ella.
- Vaya, no sabía que tuvieras mal perder - sonrió de lado -, Ruka.
- Si, soy orgullosa, ¿algún problema? - dijo, tirando las cartas sobre la mesa.
- Si tan orgullosa eres, ¿por qué aceptaste jugar a esto conmigo? - curioseó.
- Porque estabas triste, decaido, deprimido, querías llorar y...
- Vale, vale, vale - la detuvo -, o empezaré a darle vueltas a las cosas otra vez - suspiró, recostándose en la silla.
La chica se levantó de su silla. Su rostro se ocultó en la oscuridad, puesto que en el salón solo el foco del flexo iluminaba de cerca la mesa, nada más. Caminó despacio hasta él y colocó la mano en su hombro desnudo. Le acarició y llegó hasta su cuello, toqueteandole el pelo y acariciándole suavemente. Él cerró los ojos suvamente, despacio y suspiró.
- Ruka...
- ¿Más tranquilo?
Él solo asintió con la cabeza y se dejó mimar. Ella subió la mano por su nunca y él ronroneó.
- Está bien, déjalo - susurró él -. Es tarde. Deberíamos ir a dormir.
- ¿De verdad quieres que me detenga? - susurró. Él abrió los ojos,. Notó su pelo rozándole la mejilla y su aliento la oreja. Demasiado cerca.
- Yo no - reconoció -, pero no es necesario que sigas con esta... tontería mía - dijo, apartándose un poco.
Ella cerró la mano alrededor de su cuello y se acercó más a él. Sus labios rozaron la sien de su frente y él se sobresaltó, pero no se apartó.
- ¿Qué...?
- Me necesitabas. Hace un rato, me necesitabas. Y si te vas a dormir ahora, ¿crees que me necesitarás a tu lado para mantener la mente en blanco como la tienes ahora mientras estoy tan cerca de ti? - le susurró lentamente a la oreja.
Se giró de forma ligeramente brusca hacia ella. La chica le soltó algo sorprendida pero él paso sus brazos por la cintura de ella para sentarla sobre sus piernas, de espaldas a él. Cerró sus manos alrededor de su estómago y apoyó la mejilla en su hombro desnudo. Ella sintió la respiración del chico golpearle contra la espalda y la piel se la erizó. Movió suavemente las manos y las colocó despacio sobre las de él, entrelazando los dedos con los del chico.
- Te necesito.
- ¿Aunque solo sea por un rato, mientras te tranquilizas y...?
- Te necesito a mi lado en mi cama para dormir - dijo de pronto -. Cuando la otra noche me esperaste en mi cama sin mi permiso, creí que te odiaba y que quería que desaparecieras. Pero me tumbé a tu lado para despertarte y molestarte y puse la música que necesito para dormir. ¿Y qué hiciste? Te revolviste y me abrazaste - susurró -. Y entonces... me dormí.
Ella soltó una risilla y se recostó hacia atrás sobre él. El chico besó su hombro y apoyó la cabeza en el hueco entre su cuello y el hombro para seguir susurraándole al oído.
- No te rías, es verdad. Nunca, desde que todo esto empezó y mi vida cambió, he podido dormir sin escuchar música para tranquilizarme o poner el reproductor de imágenes holográficas en el techo para ver las estrellas al menos de vez en cuando. Y en cambio, la otra noche, cuando me abrazaste, sentí un calor en mi cuerpo que me relajó más que la música. Fue la primera vez que me quedé dormido con la música puesta sin darme cuenta, Ruka. Porque tú me estabas abrazando contra ti, como si me estuvieses diciendo "yo estoy aquí contigo, no estás solo".
- ¿Es eso lo que necesitabas oír?
- Sí. Es lo que necesitaba sentir. Y tu, sin darte cuenta, me lo susurraste con tu forma rara de hacer las cosas - sonrió -. Gracias.
Ella la apretó las manos un momento y luego las soltó, con una ligera sonrisa emocionada en la cara.
- He perdido esta ronda - le recordó -. Si de verdad me necesitas y quieres que te abrace durante toda la noche entonces - respiró hondo y suavemente se giró hasta rozarle los labios con los suyos, en un beso sencillo pero apasionado -, quítame la prenda que he perdido jugando contigo.
Él la miró a los ojos. Estaban tan cerca que podía verlos arder de deseo pero también veía aquella inocencia en ellos que tanto le atraía. Volvió a besarla con suavidad y sin darle la vuelta deslizó sus manos desde su cadera por su cuerpo hasta llegar al enganche del sujetador.
- ¿Seguro que puedo?
- ¿En qué piensas cuando te digo que sigas? - le preguntó ella.
- En no dejarte escapar esta noche - admitió.
- Si yo te hago olvidar todo lo malo que hay a tu alrededor, si es entre mis brazos donde encuentras esa paz que crees haber perdido, entonces puedes hacerme tuya esta noche tantas veces como desees y necesites para sentirte protegido este mundo. Protegido por mi - sonrió, acariciándole el pelo.
- Siempre me has estado protegiendo - dijo entonces, sonriendo -, aunque no me diera cuenta y pensase que eres una molestia, que siempre andabas por ahí estorbando en el momento menos oportuno, pero era al contrario. Me ayudabas con tus palabras aunque me molestaran, te daba igual y siempre decías lo que pensabas - susurró, acariciándola la piel -. Y me hacías la cena - dijo, con una carcajada.
- Y bien que te la comías - soltó ella, posando la frente en la de él.
- No cocinas tan mal - contestó, robándola un suave beso -. ¿Entonces...?
- Termina de soltar el maldito sujetador y deja de pedir permiso para sonreír, ¿quieres? - dijo, respondiendo a sus besos mientras se giraba un poco para entrelazar las manos en el pelo y cuello del chico y rozar su piel con suavidad.
- Entonces voy a hacerte el amor hasta que amanezca el futuro que nosotros vamos a pintar - susurró, pasando un brazo bajo sus rodillas y otro por su espalda para levantarla y caminar, despacio, sintiendo la emoción de tenerla en brazos antes de entrar en su habitación y acorrarlarla contra la pared.
Ella enroscó las piernas en su cintura y se apoyó en sus hombros de él, sintiendo las manos de él explorando su cuerpo con suavidad, buscando su piel con la misma desesperación y pasión con que ella buscaba sus labios y sus ojos. Se detuvo un momento y la bajó, aún acorralándola contra la pared. La miró a los ojos y acarició su rostro mientras sonreía.
- ¿Sabes que creo? Que creo que te quiero - susurró.
- Eso ya lo sabías hace mucho tiempo, querido - sonrió ella con picardía, acariciándole la mejilla.
- Solo que ahora, no pienso volver a negártelo nunca más - dijo, volviendo a agacharse hacia ella para atacar a su cuello, apartando con cuidado su pelo y acercándose más a su cuerpo.
Una canción desesperada con una melodía clara y tranquila. Las sábanas eran blancas. No había almohada, vestía el suelo. Sus voces unidas en un suspiro de placer resonaron con fuerza en la habitación iluminada por el brillo de sus ojos y sus cuerpos bailando al mismo son con un solo objetivo común latiendo dentro de sus corazones, recorriendo sus cuerpos controlándolos hasta la punta de sus dedos. Hasta el último suspiro.
Todo estaba a oscuras. Subió las escaleras despacio, una a una, sintiendo un peso cada vez más doloroso en el alma. Con cada escalón, sentía que la costaba más respirar. Una luz al fondo del lugar, que parecía estar en obras, la indicó que había llegado. Caminó hasta la puerta. Cogió el pomo. Cuando entrara en ese despacho se ganaría el cielo... o el infierno. Él estaba sentado en el sillón, tras el escritorio. Estaba ladeado, mirando hacia una de las estanterías, con los ojos cerrados y las manos entrecruzadas frente a su boca.
- Así que - susurró, abriendo los ojos y mirándola sin moverse -, has venido.
- ¿Me lo vas a poner así de fácil? Qué decepción - dijo ella. Ódiame, por favor, le pidió en silencio.
El Comisario se levantó de la silla con elegancia y tranquilidad. Metió el dedo en el nudo de la corbata y la aflojó para quitársela y dejarla sobre la mesa; y entonces sacó la pistola reglamentaria de su funda, dejándola sobre la mesa. Se acercó a ella y le tendió la mano.
- Será una pelea justa. El que pierda, perderá su derecho a vivir - dijo.
La chica sintió un nudo en el estómago. Para él parecía tan sencillo. Pero le conocía. Quería derrotarla porque él no la haría daño. Y parecía no saber qué haría ella en caso de que le venciese. Aunque le daba igual. La chica sacó su pistola y la puso en la mano del comisario, quien la dejó al lado de la suya. Se giró rápidamente para golpearla con el brazo pero ella le detuvo sin pestañear.
- ¿De verdad crees que puedes vencerme, Jin?http://rutube.ru/tracks/4507106.html?v=881db5fc9b17751c2d0c2e15b37e4a5e- ¿De verdad crees que puedo perderte, Yarah?
Él se movió hacia su espalda para atraparla pero la chica se deshizo de sus intenciones y le golpeó el estómago. Él se encogió ligeramente pero la sujetó de la mano, haciendo que cayera en su trampa y pudo acorrarlarla contra su cuerpo y la mesa.
- No te estás esforzando nada - la susurró al oído. Ella se estremeció.
Molesta porque la hubiera atrapado y porque la hiciera sentir estremecimiento con su voz, echó la cabeza hacia atrás y le golpeó en la frente. Cuando la soltó le dio un puñetazo en la cara que él esquivó y la devolvió, lanzándola contra la estantería, de donde cayeron algunos libros. Él se miró la brecha de la frente y juró en todos los idiomas.
- Eres una cabezona - soltó -. Duele...
- Maldito bastardo, de verdad te has atrevido a golpearme... - se quejó ella, levantándose y mirándole de forma desafiante.
- Prefiero unas pocas heridas antes que una muerta - dijo él.
Rápidamente se acercó a ella y la acorraló contra la estantería, inmovilizándola.
- Voy a matarte - siseó ella.
- Vas a intentarlo - rectificó él -. Pero no lo harás. Ya no puedes vivir sin mi, no te engañes - la susurró.
Yarah se maldijo a sí misma y le golpeó en la entrepierna con la rodilla. Cuando él se encogió le golpeó en el pecho con la pierna y luego un puñetazo directo a su cara para alejarle cuanto pudo de ella. Jin acabó contra la pared y Yarah aprovechó para sostener el arma y apuntarle.
- Se acabaron los juegos - dijo, quitándole el seguro a la pistola -. Tienes que morir.
De repente él, mientras se ponía en pie, empezó a reirse de forma muy suave y tranquila. Yarah disparó, abriendo un agujero en la estantería al lado de la cabeza del chico. Como si quisiera decirle que aquello no era una broma. Jin se apoyó en la pared y sus ojos se vieron brillantes bajo su flequillo. Ella no lo entendió. Él respiró hondo, sujetándose el abdomen, y empezó a caminar hacia ella. La chica no retrocedió y él llegó hasta su altura, dejando que el cañón de la pistola apuntara a su corazón sobre su camisa blanca.
- Dispara - susurró -. Si tengo que morir... dispara, Yarah.
- Qué poco orgullo, Jin - susurró ella.
- Eres tú quien ha decidido humillarme de esta manera - suspiró -. Nunca sabes lo que quieres. Mátame o no, pero acaba ya.
- No quieres morir, no te hagas el fuerte - le espetó.
- Para empezar si no dudases, ya habrías disparado - dijo él -. Y otra cosa... ¿tan fuerte te crees que eres?Ella pareció pensárselo. Luego levantó la cabeza, con mirada fría.
- Lo soy. Y no necesito ni tu protección ni la de nadie, ¿te queda claro?
- Entonces concédeme el último deseo de condenado a morir - la cortó -. Dame un beso.
- ¿Eh?
- Vas a matarme. Me has condenado a morir. Entonces, dame mi último deseo. Bésame, Yarah.
La chica tragó saliva. ¿Como iba a besarle y después a disparar? Era una locura. Pero no podía negarse. Dio un paso hacia él bajando la pistola y le besó de forma fría. Esperando a poder separarse cuanto antes de él. Antes de que el amor que sentía por él la obligara a olvidarse de todo. Entonces la mano de él sostuvo su mano. Pero lejos de quitarle el arma, subió por su brazo suavemente y llegó a su cuello, rodeándolo con la mano y entrelazando los dedos en su pelo mientras buscaba profundizar el beso. Quiso negarse. Quiso apartarse. No pudo hacer ninguna de las dos cosas. Se perdió en su boca, se perdió en sus brazos cuando la abrazaron. Y de pronto recordó a sus sobrinos. Los niños. Se sintió tan tensa, tan traidora de su familia que la pistola se disparón. Ambos abrieron los ojos de golpe y se separaron con un amargo sabor. Ella sintió sus lágrimas resbalar por sus mejillas. ¿Le había disparado de verdad? Buscó la sangre. No la encontró. Ni la herida. Solo el agujero en el suelo, cerca de sus pies. Soltó la pistola, relajada de pronto y sintió sus piernas temblar. Él la sostuvo y la apoyó en la mesa.
- Jin, no... no...
- Tranquila. No les pasará nada.
- ¿Que? ¿Tú sabes...? - musitó, sorprendida.
- No hay nada que puedas esconderme, pequeña - la susurró, abrazándola -. Porque conozco hasta lo más profundo de tu alma.
Yarah cerró los ojos y respiró el aroma de Jin. Y entonces sintió un golpe seco en su cuello. Luego, ya no sintió. Él la sujetó entre sus brazos y la miró.
- Yo me encargaré de que no vuelvan a lastimarte. Te lo prometo - susurró, besándola el pelo.
La cogió en brazos y la bajó a la parte baja de la comisaria. La tumbó con cuidado en los sillones de la sala de espera y la tapó con su chaqueta negra. Recogió la pistola y también la de ella. Las iba a necesitar si quería proteger lo que ahora le importaba de verdad.
Aquella calle era la más peligrosa del barrio bajo de la ciudad. Los carteles de neón de varios baretos colgaban de un cable y las luces parpadeaban de forma molesta. El agua de las alcantarillas mojaba el suelo de asfalto negro y se escuchaban las patas de las ratas correteando por ahí, entre los cientos de cubos de basura que habían en las aceras.
La música resonó en la vieja y podrida callejuela cuando él abrió la puerta del tugurio al que iba. Pasó entre la gente que se amontonaba en la aprte de atrás y llegó hasta la barra. El camarero, un chico alto de unos veinticinco años, limpiaba copas de coctail cuando le miró. Vestía un traje negro. La camisa era blanca, con el cuello y los botones en tela negra de seda. Y posiblemente fuera armado.
Sus ojos claros ligeramente oscurecidos por el ambiente del lugar y la poca luz le indicaron que debía ponerle lo de siempre. El hombre sacó un cigarro del bolsillo interior de la chaqueta y lo miró. No tenía ganas de fumar. Más bien, no quería hacerlo. Porque a ella no le gustaba el olor a tabaco en sus camisas ni el sabor a nicotina en su boca. Suspiró. ¿Desde cuando pensaba de esa manera? ¿Era posible que sintiera "algo"? Volvió a negárselo a sí mismo y encendió el cigarro.
http://www.youtube.com/watch?v=ZrGPoP6PYbU&feature=related
A penas le dio una calada, se giró en la silla a ver el espectáculo que había montado en la barra metálica de striptease, porque de pronto las babas y gritos obscenos de quienes estaban sentados en las mesillas, cerca del escenario, le habían llamado la atención. Vio un cuerpo esbelto, blanco, más bien poco cubierto con algo de lencería negra y de encaje, salir bailando sensualmente. Le gustaba la lenceria de encaje. Y además... ladeó la cabeza. Y sonrió de forma torcida. Sí. Conocía ese cuerpo. Esos lunares en el vientre. Los reconocería donde fuera. Había recorrido el mapa de su piel demasiadas veces como para no tenerlo grabado en la mente y en la piel. ¿Pero qué hacía aquel cuerpo allí? Empezó la música. Él mostró una mueca de sorpresa. ¿Desde cuando ella capaz de ser tan sensual frente a los demás? El baile desde luego era una maravilla. Se movía suavemente, con calma a pesar de la música que invitaba a desnudarse. Por un momento pensó en quedarse mirando qué estaba haciendo. Pero algo le llevó a levantarse. Sus ojos. Miraban a ninguna parte. No brillaban bajo las luces de colores. Algo faltaba allí. Algo que se dio cuenta, era demasiado importante para él. Sin apartar los ojos de ella, que siguió bailando alrededor de la barra de metal, el chico cogió la copa que había pedido y le dio un trago enorme, sintiendo cierto quemazón en la garganta al tragar el alcohol. Pasó entre la gente, sin que nadie le detuviera y en el instante en el que el corsé de la chica empezaba a soltarse, él la detuvo, subiendo al escenario de un salto. La chica, de espaldas al público, se intentó girar. Pero el hombre tiró de los cordones para apretarlos y ella sintió que se la cortaba la respiración.
- ¿Qué...? - empezó ella, aunque con la música y el alboroto sería imposible que la escuchase.
- ¡Eh, tú! ¡No nos estropees el show!
La música se detuvo y las luces se volvieron algo más claras. Así los que estaban allí pudieron verles mejor. Él ni se inmutó, siempre con esa cara indiferente y esa mirada fría.
- ¡Vete! ¡Deja que se desnude ya! - gritó otro.
- ¡Eso, baja de ahí y búscate otra puta!
El hombre dio un silbido con la lengua y el ruido cesó ligeramente.
- Esta puta, señores - dijo él, con voz firme y amenazante -, es mía. Así que, el show ha terminado - sentenció.
Los guardias de seguridad no le detuvieron. Le conocían demasiado bien como para cometer esa locura. Incluso uno de los clientes le tiró una botella de cristal a la cabeza y uno de los guardias la detuvo, echando inmediatamente a aquel borracho baboso. El camarero avisó a otra chica que salió de inmediato al escenario mientras el hombre desaparecía tras una cortina de terciopelo rojo hacia algún lugar en el rincón más oculto del tugurio, tirando de ella por la muñeca.
La sala era algo más lujosa que el resto del bareto. Moqueta roja terciopelo y paredes oscuras con sofás de cuero negro. Él se sentó en uno individual y la miró. Ella no se movió.
- ¿Por qué has hecho eso? - le recriminó -. Tú y yo terminamos.
- Eres una bailarina pésima, cariño, me dabas pena - comentó, recostándose y cruzando las piernas -. ¿Qué haces aquí?
- No tengo por qué contestarte - cortó ella, dándose la vuelta.
- Izumi - la detuvo con voz fuerte -. Ni se te ocurra salir por esa puerta. Te comerán.
- ¿Qué te hace pensar que prefiero estar aquí contigo antes que dejar que me coman ahí fuera? - preguntó, algo enfadada.
- Que me adoras demasiado como para dejar que otro que no sea yo - susurró en su oreja. Ella se sobresaltó. ¿Cuándo se había levantado y acercado tanto a ella? Su aliento golpeó su nuca -, te toque de esta manera - musitó, pasando ambos brazos por su cadera para acercarla a él.
La chica notó la tela del traje rozarle los hombros. Realmente estaba detrás de ella, tocándola la cadera desnuda con sus manos calientes y con tendencia a ser dolorosamente protectoras.
- ¿Y tu? ¿Qué haces aquí? - susurró ella, sin poder moverse.
- Salvar a una zorra de que sea cazada, ¿te parece poco? - dijo él en su oreja.
- No me llames...
- ¿Y como tengo que llamarte? - la cortó -. No se si te has dado cuenta de que eso es lo que estabas haciendo. Zorreando delante de viejos gordos y babosos... con dinero - musitó.
Ella trató de girarse a mirarle pero él solo la dejó darse la vuelta, nada de alejarse de él. La chica apoyó las manos en sus hombros, intentando alejarle.
- No te permito que me llames puta de ninguna manera, ¿me entendiste, Sho? - le gritó -. Ni tu puta ni la de nadie.
- Nunca te pagué por estar contigo - recordó él.
Ella tuvo que callarse. Puta solo era una palabra. Lo sabía.
- ¿Y por qué...?
Él rápidamente llevó la mano al cuello de ella, entre su pelo, y la apoyó en su hombro.
- Deja de haacer estupideces, ¿quieres? - susurró.
No era ninguna estupidez. Estaba trabajando. Como infiltrada en una misión de alto riesgo. Pero solo asintió con la cabeza con suavidad. Cuando ella trató de abrazarle por la cintura él la detuvo y puso sus manos alrededor de su cuello. En la cintura, atrás, llevaba la pistola consigo. La que usaba siempre que tenía que matar los encargos que le hacían. No por nada, era un asesino a sueldo. Y de los buenos.
- Aunque he de reconocer que me has calentado - la susurró. Ella se imaginó la sonrisa sádica que estaba poniendo y se separó de él.
- No - contestó. Técnicamente, estaba trabajando.
- Sí - dijo él -. Y sabes que en cuanto te bese - musitó, acorralándola contra la pared sin darla lugar a escapatoria -, no podrás alejarte de mí.
- No, Sho, no otra vez... - susurró, en un último intento de hacerle entrar en razón.
Pero el chico de ojos claros solo sonrió con la mirada y la besó con tal pasión que sus salivas se mezclaron bruscamente por el contacto entre sus lenguas. Ella trató de apartarle los primeros segundos. Pero cuando él la dejó morderle el labio como tanto adoraba hacer, sus brazos dejaron de apartarle para acercarlo todavía más a su cuerpo medio desnudo. Sintió sus manos en su cadera. Como siempre. Sin brusquedad. Acogiéndola entre sus brazos con suavidad a pesar de lo pasional que era él.
El chico de ojos claros recorrió sus brazos y los llevó hasta encima de su cabeza, sujetándolos con una mano por las muñecas y bajando la otra de nuevo a su cadera. Pero él no era el único que podía sentirse de aquella forma tan lasciva; la chica buscó sus labios de nuevo hasta darle un beso casi asfixiante, como si quisiera marcar su territorio dentro de sus labios. Esperaba que fuera consciente de que él no era el único que podía atrapar a alguien. Sino que ella también sabía atraparle a su voluntad para jugar con él. O para amarlo. Fuera lo que fuera, seguía siendo para que fuera suyo.